Mira que intento resistirme a formar parte del totum revolutum, inmenso, infinito, que es la opinión pública (así, en general) en estos momentos. Es mucha la pereza y demasiada la sensación de que no merece la pena, por lo que en los últimos meses opto por cualquier otra tarea o afición. Pero hay veces, como ahora, que me cuesta más pasar por alto algunas polémicas. La impotencia (y hasta la irritación), que siempre dejo sueltas, me empujan a manifestarme en un ejercicio que me ayuda a aclarar ideas ante la infección de dimes y diretes.
Quien me saca de mi pasividad es Karla Sofía Gascón, una de las protagonistas de “Emilia Pérez”, una película sorprendente que creo que se merece todos los premios que le otorguen, incluido el Oscar a Mejor Actriz. Porque la candidata hace un buen trabajo y punto, que si luego ha sido en el pasado una bocachancla o, si lejos de la ficción, ha sido incorrecta o prepotente, no es eso precisamente lo que se juzga para conceder este galardón.
A ver, no estoy nada de acuerdo con ella y me parece de una osadía idiota hacer esos comentarios en público, es más, si lo piensas en privado, guárdatelo para ti, sobre todo porque son feos, hirientes, insultantes ¿y qué necesidad tienes de hacer semejante exhibición?
En cualquier caso, me da a mí que la actriz estará ahora mismo arrepentidísima de sus afirmaciones y, lamentablemente, quizá, no porque ya no las mantenga (ojalá) sino por estar en la palestra siendo juzgada por algo del pasado y algo que no tiene nada que ver con un trabajo, cuyo premio sería también un reconocimiento para las cientos de personas que han participado en la película.
Insisto, lo que debe juzgarse es la actuación para la que ha sido nominada Gascón. Precisamente, Hollywood, California y EEUU no están para mensajes moralizantes ni para ser ejemplo de buena conducta. Porque ¿cuántos empresarios premiadísimos tienen el carnet lleno de pecados? ¿cuántos productores cinematográficos galardonados han sido unos abusones? ¿cuántos artistas que han estado en la cárcel por delitos relevantes han llenado los auditorios y han levantado ovaciones? Y ahora la pregunta de cajón: ¿cuántos dirigentes políticos, principalmente, el presidente del país donde se otorgan los Oscar, son unos absolutos bocazas, cuyos comentarios rayan la amenaza, el racismo, la discriminación… y son un riesgo para la población, y, sin embargo, no sólo nadie los castiga sino que incluso se les sigue votando?
A ver si ahora en los países del derecho a la libertad de expresión, algunos, con claro tono bélico en cualquiera de sus posturas, son más dignos de ese derecho que el resto.
Gascón se pasó de frenada y sólo espero que la vida, la experiencia, sus viajes y sus lecturas hayan contribuido a reconstruir sus pensamientos y a día de hoy se haya desecho de ese tufillo agresivo-fascistoide. Yo misma tengo páginas, incluso libros, escritos en momentos concretos, de los que ahora no me siento tan satisfecha ni orgullosa por mucho que los escribiera con todo el convencimiento y el genio que disponía. ¿Cuántas veces personas te han inspirado un amor o un odio terribles y luego te han traicionado o demostrado su valía? Todo es cambiante, más aún las ideas. Por ello, no se puede vomitar en redes lo que se te pasa por la cabeza, ni en caliente ni ebria (ni sobria ni en frío si no lo has pensado dos veces).
En cualquier caso, lo que dijo dicho está, ha pedido perdón y creo que la próxima vez que Karla Sofía Gascón vaya a publicar algo lo pasará por el filtro de lo políticamente correcto.
Precisamente, aquí en este blog escribí una entrada hace ya tiempo, previendo y constatando el peligro de las redes sociales en cuanto al rastro que dejan tus palabras, titulado «Por si me hacen concejala» (https://pepa-tormento.blogspot.com/2015/06/por-si-me-hace-concejala.html). Hay que guardarse las espaldas.
En fin, si a partir de ahora se trata de premiar teniendo en cuenta lo que has hecho, lo que has sido, lo que has dicho, me da a mí que van a sobrar trofeos. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. No, Trump, no. Ya sé que estás deseoso de lanzar piedras o bombas, pero no me refiero a ti.
Quien me saca de mi pasividad es Karla Sofía Gascón, una de las protagonistas de “Emilia Pérez”, una película sorprendente que creo que se merece todos los premios que le otorguen, incluido el Oscar a Mejor Actriz. Porque la candidata hace un buen trabajo y punto, que si luego ha sido en el pasado una bocachancla o, si lejos de la ficción, ha sido incorrecta o prepotente, no es eso precisamente lo que se juzga para conceder este galardón.
A ver, no estoy nada de acuerdo con ella y me parece de una osadía idiota hacer esos comentarios en público, es más, si lo piensas en privado, guárdatelo para ti, sobre todo porque son feos, hirientes, insultantes ¿y qué necesidad tienes de hacer semejante exhibición?
En cualquier caso, me da a mí que la actriz estará ahora mismo arrepentidísima de sus afirmaciones y, lamentablemente, quizá, no porque ya no las mantenga (ojalá) sino por estar en la palestra siendo juzgada por algo del pasado y algo que no tiene nada que ver con un trabajo, cuyo premio sería también un reconocimiento para las cientos de personas que han participado en la película.
Insisto, lo que debe juzgarse es la actuación para la que ha sido nominada Gascón. Precisamente, Hollywood, California y EEUU no están para mensajes moralizantes ni para ser ejemplo de buena conducta. Porque ¿cuántos empresarios premiadísimos tienen el carnet lleno de pecados? ¿cuántos productores cinematográficos galardonados han sido unos abusones? ¿cuántos artistas que han estado en la cárcel por delitos relevantes han llenado los auditorios y han levantado ovaciones? Y ahora la pregunta de cajón: ¿cuántos dirigentes políticos, principalmente, el presidente del país donde se otorgan los Oscar, son unos absolutos bocazas, cuyos comentarios rayan la amenaza, el racismo, la discriminación… y son un riesgo para la población, y, sin embargo, no sólo nadie los castiga sino que incluso se les sigue votando?
A ver si ahora en los países del derecho a la libertad de expresión, algunos, con claro tono bélico en cualquiera de sus posturas, son más dignos de ese derecho que el resto.
Gascón se pasó de frenada y sólo espero que la vida, la experiencia, sus viajes y sus lecturas hayan contribuido a reconstruir sus pensamientos y a día de hoy se haya desecho de ese tufillo agresivo-fascistoide. Yo misma tengo páginas, incluso libros, escritos en momentos concretos, de los que ahora no me siento tan satisfecha ni orgullosa por mucho que los escribiera con todo el convencimiento y el genio que disponía. ¿Cuántas veces personas te han inspirado un amor o un odio terribles y luego te han traicionado o demostrado su valía? Todo es cambiante, más aún las ideas. Por ello, no se puede vomitar en redes lo que se te pasa por la cabeza, ni en caliente ni ebria (ni sobria ni en frío si no lo has pensado dos veces).
En cualquier caso, lo que dijo dicho está, ha pedido perdón y creo que la próxima vez que Karla Sofía Gascón vaya a publicar algo lo pasará por el filtro de lo políticamente correcto.
Precisamente, aquí en este blog escribí una entrada hace ya tiempo, previendo y constatando el peligro de las redes sociales en cuanto al rastro que dejan tus palabras, titulado «Por si me hacen concejala» (https://pepa-tormento.blogspot.com/2015/06/por-si-me-hace-concejala.html). Hay que guardarse las espaldas.
En fin, si a partir de ahora se trata de premiar teniendo en cuenta lo que has hecho, lo que has sido, lo que has dicho, me da a mí que van a sobrar trofeos. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. No, Trump, no. Ya sé que estás deseoso de lanzar piedras o bombas, pero no me refiero a ti.
Vivimos en una sociedad hipócrita, falsa hasta los huesos. Al aire se lanzan discursos moralizantes que no son más que literatura de folletín melodramático escritos con la intención de agrupar fieles, de emocionar a los y las imbéciles. Cuando el drama realmente se pasea por delante de nuestras narices, volvemos la cabeza. Es más fácil criminalizar a estar mujer, a la que no conozco más que de oídas, que analizar a los próceres que gobiernan nuestras vidas.
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