martes, 30 de diciembre de 2025

2025

 

Se acaba 2025. No hay nada que lo remedie. Para mí ha sido un buen año pero si no lo hubiera sido, entrar en el nuevo y buscar en la suma de uno más un cambio es misión del género bobalicón. Estrenar almanaque, igual que cambiar de curso o de estación, no garantiza nada bueno. Puede pasar de todo.

Sin embargo, yo, que soy muy de reflexionar en este blog (lo cual no implica que no esté equivocada), he decidido no pensar en 2026, que venga, que se acomode y que me dé lo que haya venido a traerme. Por supuesto, mis deseos son en origen todos optimistas, progresistas, buenistas… pero cada día tengo menos esperanzas en un mundo mejor, en una sociedad solidaria, en un líder generoso o en un prójimo desinteresado.

Por eso y por todo el ruido existente encima, debajo, a un lado y a otro sin dejar espacio para respirar, he abandonado este blog y me he silenciado casi todo el año. Y conste que he escrito. Por ejemplo, sobre este mismo asunto, decía hace bastantes meses:

Me fascina la osadía, desvergüenza, desinhibición, de aquellos que liberan sus opiniones sin que nadie se las pida y sin que el contexto sea oportuno para hacerlo, convencidos de que la audiencia está deseosa de escucharles y de sumarse a las bises como si fueran el grupo musical de moda en un festival.

Estos charlatanes, mercaderes de ideas, la inmensa mayoría frívolas, simplonas, de copiar y pegar por aparentar un talento que no se tiene, ha infectado el planeta, así que le das una patada a una piedra y te salen opinadores de todo y, peor aún, con una agresividad, que más que pensamientos son vómitos deseosos de exhibir en cualquier escenario, creyendo, como quien cree en el poder de los gnomos, que opino igual, voto a los mismos y rezo al mismo dios.

El otro día escuché en una sala un insulto, que no voy a repetir, a Pedro Sánchez, no secundé el improperio, pero bajé la cabeza por temor a que esa persona tuviera la mínima sospecha de que soy de su pandilla y no tanto por el contenido sino por el tono. Los machotes que desparramaban en las barras de los bares, palillo en boca, ahora también te los encuentras haciéndote las uñas, en la tele a cualquier hora, asomándote a X o a Bluesky, o en la consulta del dentista. Estos imberbes mentales son una plaga que te asalta vayas donde vayas, como auténticos novicios haciendo el apostolado.

Y, después de escribir esto, me pregunté ¿para qué?, ¿soy yo mejor?, así que me censuré.

Reconozco que con el genocidio acometido por Israel contra Palestina me he estado mordiendo la lengua meses. Hasta hacerme sangre, y entre todo lo que yo reflexioné, salvo esto:

Con la masacre perpetrada sin nocturnidad y mucha alevosía, demasiada, contra Palestina por parte de Israel, he recordado una palabra que escuché alguna vez y que nunca me hizo falta pronunciar. Hasta ahora. Se trata de judiada. Pensaba que se trataba de un término antiguo que no estaba recogido ni reconocido por la RAE, pero sí, ahí está entero: “Mala pasada o acción que perjudica a alguien”.

Evidentemente, su significado se queda corto para definir lo que está ocurriendo, tan grave y espeluznante, que es difícil encontrar parangón, ni siquiera en el genocidio nazi.

Sin embargo, no dejo de pensar en judiada y en su etimología. Al proceder de judío, en principio me resultaba una palabra con tintes xenófobos pero su sola existencia puede parecer que el ejercicio del mal es, con sus honrosas excepciones, propia del colectivo israelita.

Ahondando en las acepciones relacionadas con el pueblo hebreo, recuerdo haber escuchado judío para referirse a un traidor, es cierto que siempre en algún contexto de la tradición católico-beata.

Igualmente, en la misma RAE, el último significado de tal palabra dice así:  "Dicho de una persona: Avariciosa o usurera. Usado como ofensivo o discriminatorio. Usado también como sustantivo".

Después de este crimen de lesa humanidad que Israel está acometiendo contra Palestina, sólo puedo decir que de casta le viene al galgo.

Por supuesto, la corrupción política, el ascenso de la ultraderecha y la elección que hacemos de nuestros líderes políticos también ha estado provocándome este año. Titulé Barrabás uno de los borradores, pero más que para un artículo da para una obra en varios tomos:

Últimamente, me ronda bastante aquel episodio, muy de Semana Santa, cuando salía ante las masas fervorosas y enloquecidas Poncio Pilato dando a elegir entre un ladrón, Barrabás, y el mesías, Jesucristo. Y aquella turba prefería la liberación del delincuente, el mismo que les había robado.

Desde niña, aquello siempre me pareció una injusticia con mayúsculas y me cabreaba la estupidez de aquella turba chillona y borracha de ignorancia. No obstante, como el ser humano se repite y se copia a sí mismo, el personaje de Barrabás sigue vigente, porque elegir al que te la ha jugado no es de ser muy listo, pero deben ser reminiscencias nuestras de cuando nos movíamos a cuatro patas y saltábamos entre las ramas, llevábamos el culo aire y nos gustaba oler nuestra propia mierda.

Nos gustan que nos fustiguen. No puede tener más explicación a eso de elegir a quien sabes que no te lo va a agradecer, no te va a ayudar o, peor aún, no te va a respetar. Y es que la libertad no es escoger al que nos hace gracia o al de nuestro club del cinquillo únicamente por el hecho de serlo. Una cosa es la lealtad y otra la estupidez. Se está perdiendo la costumbre de elegir al más listo de la tribu, porque Barrabás podría estar bien en un programa de islas o para animar una tertulia a la hora de la merienda, en fin, para echarse unas risas o tener algo de fondo mientras revisas Instagram, pero para dirigir tu vida como que no.

Hay que echarle una pensada sin fervor ni furor, y si puede ser en soledad, antes de elegir, que luego te tienes que quedar con uno que no es de tu talla y no porque no sea el mejor de la tribu sino porque claramente es el peor.

Bueno y por no alargar más, he rescatado otro artículo sobre un asunto que fue noticia y creó polémica que también comparto. Se titulaba Bretón:

Noto que se nos fuerza a llevar nuestra atención hacia personas de ideología radical o hacia personajes de dudosa moralidad. En un momento de parálisis mental, dirigimos nuestra admiración a ignorantes, fascistas, graciosillos de medio pelo que aportan (a quien le aporte, a mí personalmente me causan vergüenza ajena) una risa fugaz que es la que les da asidero para quedarse entre nosotros, entre nuestros referentes. Y esta gente, que no hará historia, hará memoria.

Además, aparte de esos ignorantes, fascistas y graciosillos que reclaman nuestra atención como los bebés cuando eructan, tenemos también y para colmo a asesinos que escriben libros para contarnos los pormenores de su atroz conducta. Léase el caso de Breton. Hay polémica servida con si se debe o no publicar el libro, yo esa polémica la tengo solventada: hagan lo que quieran, yo no voy a invertir dinero en el libro, no lo voy a leer, aunque me lo pueda descargar gratis, aunque me lo dejen en la alfombrilla de la puerta de mi casa. Y para redondear mi decisión, tampoco voy a dedicar un minuto de mi vida a este asunto, una vez me termine de desahogar aquí.

En fin, 2026, como mínimo, me sorprenderá con algún Barrabás, con otras judiadas, con ruido atmosférico y con miles de cosas en las que no quiero pensar, y todo ello sin pedirle nada. De hecho, no quiero pedirle nada para que no me castigue por avariciosa.

Así que lo dejo al azar, aunque yo trabaje todos los días por que todo salga bien. Y virgencica (está feo que implore a la virgen cuando reniego de mi educación católica, pero es que no conozco a otra) que me quede como estoy.

viernes, 28 de febrero de 2025

Lobos

Últimamente se vaticina mucho la llegada de las tinieblas, motivada por la ascensión de líderes poco fiables. ¡Qué vienen los tiempos oscuros!, se oye en todas partes.

Las predicciones apocalípticas existen desde que el ser humano existe, o sea, que son tan frecuentes como las otras predicciones, las del tiempo.

Desde luego, no es un asunto frívolo del que hacer chiste, pero que después del saqueo milenario al que hemos sometido el planeta, que a veces no sabemos cómo se tiene en pie, del destrozo de los recursos naturales, de agujeros de ozono, de deshielos, de especies en peligro de extinción... es lógico que me surja la duda de que un seudo líder con avión privado y residencia en palacio tenga el poder definitivo, el que no ha tenido en milenios ningún otro ser humano, todo él con su inconsciencia y su afán depredador, para cargarse el mundo. Ojalá no me equivoque, porque ya sabemos lo que pasa con los iluminados (léase Putin) cuando se ven en el trono, que te hacen una guerra en menos que canta un gallo.

Sin embargo, la Tierra resiste, resiste las matanzas, las invasiones y ocupaciones, las plagas y los delirios. Resiste a nuestra existencia y nuestra huella de carbono, a las profecías de Nostradamus y a los tecnológicos avances que nos aligeran y facilitan la vida para inficionarnos enfermedades modernas.

Pese a ese grito de espanto ¡qué viene el lobo!, me alivia pensar que el mundo sobrevive a todo, aunque nos empeñamos en convertirlo en un ordenado vertedero. Por tanto, si el planeta tiene esa capacidad de tragar y digerir tanta barbarie, ¿cómo un tipo casi octogenario, con ideas absolutistas y propuestas enajenadas va a ser quien acabe con todo? No lo veo, entre otros motivos porque yo no doy por supuesto que el resto de ciudadanos vayamos a permanecer impertérritos. El mundo puede acabar por culpa de todos pero ¿por este tipo en concreto? El ser humano no ha sido consecuente, sin embargo, no podemos quitarle el mérito del progreso y de la sabiduría y de tomar las decisiones que a lo largo de la historia han mejorado la existencia y la convivencia.

Y llegado a este punto, todos sabemos que quienes nos gobiernan son testaferros. Están de cuerpo presente pero quienes toman las decisiones son los lobby, esos grupos de presión en forma de empresa o de iglesia (de la creencia que sea), que nunca son ciudadanos a pie de calle reclamando por el interés general o el bien común, sino grupos reducidos con poder económico. Ellos son los que llevan la batuta del mundo, casi en la sombra tomando decisiones que afectan a todos pero que a ellos les llenan los bolsillos, aún más.

Así que miedo al lobo Trump... sí, pero no. Lo cierto es que cuando escucho alguna de sus chirigotas no me sale cabrearme. De hecho, el otro día, junto a unos amigos, recordando sus pretensiones sobre la gélida Groenlandia quisimos atizar el disparate con más disparate, por lo que al presidente norteamericano le proponemos que cuando se haya hecho dueño del hielo de la isla se venga a colonizar Murcia, la región del limón, con el fin de disponer de la mitad de los ingredientes para el gin tonic. Le faltaría la ginebra, pero no creo que sea problema para Trump encontrarla en algún país a mitad de camino y añadirlo a sus alucinaciones colonizadoras. Cuando lo tenga todo, ya sí, a emborracharse en el resort de Gaza. El dislate sólo tiene una respuesta, más dislate.

Trump da risa y quizá no debería dármela, porque detrás habrá una buena panda de aprovechados sin escrúpulos y esos son los peligrosos, porque son los que se esconden tras el chistoso de la manada y mueven los hilos del títere con la medalla de hombre más poderoso del mundo, quien sólo tiene privilegios, poder no. A lo mejor lo que habría que plantearse es que den la cara quienes están decidiendo por nosotros, esos que no se han presentado a ningunas elecciones, a quienes no se les puede obligar a dimitir porque tiran la piedra y esconden la mano. La esconden en el mismo lugar donde se esconden ellos y su dinero. También, habría que plantearse vaciar las instituciones de políticos que sólo sirven para medirse entre ocurrencias en cualquier debate. Está claro que no sirven para nada y alimentarles nos cuesta lo nuestro.

En fin, quizá se acabe el mundo mañana pero no será por culpa de alguno de estos mequetrefes con corona y cetro, sino por la de quienes les mueven las manos y la boca desde la oscuridad de las sombras. Y esos, amigos, esos sí dan miedo. 

miércoles, 12 de febrero de 2025

Gascón

Mira que intento resistirme a formar parte del totum revolutum, inmenso, infinito, que es la opinión pública (así, en general) en estos momentos. Es mucha la pereza y demasiada la sensación de que no merece la pena, por lo que en los últimos meses opto por cualquier otra tarea o afición. Pero hay veces, como ahora, que me cuesta más pasar por alto algunas polémicas. La impotencia (y hasta la irritación), que siempre dejo sueltas, me empujan a manifestarme en un ejercicio que me ayuda a aclarar ideas ante la infección de dimes y diretes.
Quien me saca de mi pasividad es Karla Sofía Gascón, una de las protagonistas de “Emilia Pérez”, una película sorprendente que creo que se merece todos los premios que le otorguen, incluido el Oscar a Mejor Actriz. Porque la candidata hace un buen trabajo y punto, que si luego ha sido en el pasado una bocachancla o, si lejos de la ficción, ha sido incorrecta o prepotente, no es eso precisamente lo que se juzga para conceder este galardón.
A ver, no estoy nada de acuerdo con ella y me parece de una osadía idiota hacer esos comentarios en público, es más, si lo piensas en privado, guárdatelo para ti, sobre todo porque son feos, hirientes, insultantes ¿y qué necesidad tienes de hacer semejante exhibición? 
En cualquier caso, me da a mí que la actriz estará ahora mismo arrepentidísima de sus afirmaciones y, lamentablemente, quizá, no porque ya no las mantenga (ojalá) sino por estar en la palestra siendo juzgada por algo del pasado y algo que no tiene nada que ver con un trabajo, cuyo premio sería también un reconocimiento para las cientos de personas que han participado en la película. 
Insisto, lo que debe juzgarse es la actuación para la que ha sido nominada Gascón. Precisamente, Hollywood, California y EEUU no están para mensajes moralizantes ni para ser ejemplo de buena conducta. Porque ¿cuántos empresarios premiadísimos tienen el carnet lleno de pecados? ¿cuántos productores cinematográficos galardonados han sido unos abusones? ¿cuántos artistas que han estado en la cárcel por delitos relevantes han llenado los auditorios y han levantado ovaciones? Y ahora la pregunta de cajón: ¿cuántos dirigentes políticos, principalmente, el presidente del país donde se otorgan los Oscar, son unos absolutos bocazas, cuyos comentarios rayan la amenaza, el racismo, la discriminación… y son un riesgo para la población, y, sin embargo, no sólo nadie los castiga sino que incluso se les sigue votando?
A ver si ahora en los países del derecho a la libertad de expresión, algunos, con claro tono bélico en cualquiera de sus posturas, son más dignos de ese derecho que el resto. 
Gascón se pasó de frenada y sólo espero que la vida, la experiencia, sus viajes y sus lecturas hayan contribuido a reconstruir sus pensamientos y a día de hoy se haya desecho de ese tufillo agresivo-fascistoide. Yo misma tengo páginas, incluso libros, escritos en momentos concretos, de los que ahora no me siento tan satisfecha ni orgullosa por mucho que los escribiera con todo el convencimiento y el genio que disponía. ¿Cuántas veces personas te han inspirado un amor o un odio terribles y luego te han traicionado o demostrado su valía? Todo es cambiante, más aún las ideas. Por ello, no se puede vomitar en redes lo que se te pasa por la cabeza, ni en caliente ni ebria (ni sobria ni en frío si no lo has pensado dos veces).
En cualquier caso, lo que dijo dicho está, ha pedido perdón y creo que la próxima vez que Karla Sofía Gascón vaya a publicar algo lo pasará por el filtro de lo políticamente correcto. 
Precisamente, aquí en este blog escribí una entrada hace ya tiempo, previendo y constatando el peligro de las redes sociales en cuanto al rastro que dejan tus palabras, titulado «Por si me hacen concejala» (https://pepa-tormento.blogspot.com/2015/06/por-si-me-hace-concejala.html). Hay que guardarse las espaldas.
En fin, si a partir de ahora se trata de premiar teniendo en cuenta lo que has hecho, lo que has sido, lo que has dicho, me da a mí que van a sobrar trofeos. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. No, Trump, no. Ya sé que estás deseoso de lanzar piedras o bombas, pero no me refiero a ti.

miércoles, 10 de julio de 2024

Viejas

Me estoy construyendo un diccionario con palabras que, ¡pobrecitas!, no es que hayan nacido feas ni se hayan engendrado con mala gana o malafollá, es simplemente que les ha tocado en la lotería bailar con las definiciones que más miedo dan. Por ejemplo, muerte, cáncer, aborto, violación, víctima, damnificado o viejo, por citar alguna.

Son palabras que nombran situaciones, algunas indeseables y otras inevitables aunque, irremediablemente, cada ser del planeta tendrá que bregar con al menos una. Ojalá con la única común.

Y esa es precisamente viejo, un término que está rondándonos desde el momento de nuestro alumbramiento. Nacemos y empezamos a envejecer, una particularidad inapreciable porque en el momento del estreno, si no converge nada excepcional, queda toda la vida por delante hasta convertirte en un ser añoso.

No obstante, es sólo al alcanzar cierta edad cuando contemplas la vejez cara a cara. Sabes que la mitad de tu vida ha pasado y que es muy probable que no vivas otra mitad exacta, otros cincuenta años, por ejemplo. Sería casi un milagro. Y ahí es justo cuando contemplas el descenso con la confirmación de peplas que te obligan a convivir con un físico decadente, desconocido, que te limita y que ya no te responde como te tenía acostumbrada. Esa es la primera novedad, el primer síntoma de que vas encaminado hacia la vejez. No se trata de canas o arrugas, es algo más interno e invisible.

Así que tienes que sujetar tu nuevo cuerpo, al que no quieres escuchar y, como rebeldía, le sigues pidiendo las mismas respuestas porque las ganas están casi intactas. Sin embargo, sin planificación, comienzan las reservas: ya no saltas por si, ya no comes, y sobre todo no bebes con la alegría de que te recuperarás antes o después, por si te sienta mal. Estás pendiente de las temperaturas y hasta el contenido del bolso cambia, donde guardabas las compresas ahora hay hueco para llevar el paraguas, el abanico y las pastillas contra el colesterol (el malo).

¡Y qué más da! Vives, sigues tirando, disfrutando más porque gozas los momentos, disfrutas de las fechas, no pierdes el tiempo ni con hechos ni con personas que no aportan. Está todo más controlado y más definido. Te atreves a más, comulgas con menos. Aprecias los detalles, ¡tan inadvertidos durante décadas!, no regalas oportunidades, apuntas mejor, afinas el tiro. Incluso, te ríes de las prisas de los más jóvenes, te da pereza todo lo que tienen que vivir, y aprender, y luchar. Incluso, llegas a escribir un poema titulado Volver, no, como una declaración de intenciones, convencida y determinada a no regresar a ninguna etapa pasada. Porque ese es otro beneficio de llegar a cierta edad, que tus deseos van encaminados a la búsqueda del placer, de manera que la revisión de lo vivido, decidido o hecho te la refanfinfla, sobre todo y principalmente si no le has jodido la vida a nadie.

Otro de los efectos de la edad, la madurez o la vejez es que mientras observas el mundo con otra mirada, tienes que apoyarte en gafas de cerca, pero cuando sueltas la carcajada es por ti, ya no ofreces buenos gestos contagiada por la condescendencia. Porque ya no es esencial caer bien ni atraer más.

Echas de menos sólo tu cuerpo con su energía, ese que durante años te mostró su gran potencial, su infalibilidad, pero has crecido tanto en inteligencia, tienes tanto aprendizaje con poso acumulado, que hay base para construir un palacio. Así que vas aceptando tu nuevo lugar con tus nuevas formas en otro tiempo porque ¿si no, cómo?

Te da miedo el avance, sí, pero tienes claro que quieres seguir adelante. No vamos a negar que la nostalgia puede arreciar en momentos de guardia baja, pero se pasa porque, aunque no lo creamos, sí estamos  entrenados para aceptarnos y hasta para apropiarnos de lo que nos toca vivir.

Igualmente, da miedo hacerse viejo, más por lo que llegará después que por la decrepitud en sí misma, siempre que no sea paralizante. También es cierto que ser viejo o vieja pertenece a una edad cada vez más borrosa. Antes lo eras a los cincuenta, sin embargo, en estos tiempos es un concepto aplicable con más concreción a un colectivo que ronda los ochenta y más.

En cualquier caso, es una palabra que no usamos, sobre todo vieja, que suena aún peor: como un insulto, un reproche, un desprecio o menosprecio, igual que subnormal, un adjetivo que al menos tiene la decencia de no tener género, pero sí tiene en común con viejo la habilidad de hacerte pensar que no eres útil o normal (¡qué será eso!) y, sin embargo, puedes decidir qué hacer con tus días, puedes elegir, se paladea la libertad con más amplitud, y además con conocimiento de causa.

Hace tiempo, alguien dos años menor que yo (y dos deditos menos de frente), me llamó vieja por hacer una gracia sin saber (no lo sabrá aún) que tener más edad no implica morirse antes. Y esta sociedad, cada vez más mayor, sabe que uno de sus retos es mejorar la calidad de vida de los abuelos y abuelas, tan imprescindibles para los nietos y para sustentar a todos sus descendientes de varias generaciones.

Por todo ello, igual que sé que hay circunstancias o experiencias muy deseables como la maternidad que están sobre valoradas, llegar a la senectud está injustamente infravalorado. Por tanto, aunque me estoy acostumbrando a ser mayor, yo nunca seré vieja en el sentido triste y finalista de la palabra. Sin embargo, como me encanta jugar con las palabras, cada vez que recale en este concepto, recordaré que si cambio la vocal del centro por una a, me iré de viaje, una experiencia que da alas y vida, tengas la edad que tengas.


(Artículo publicado en La Idea, 28)

miércoles, 17 de abril de 2024

El viaje

¡Qué maravilloso intermedio en la vida es el viaje! No hay susurros de la rutina, ni un tenue eco de la molestia de madrugar, de la pereza de hacer. El viaje es una extracción, y temo que, en un descuido, algo del destino que me invita me invada agarrándome del brazo, igual que la hiedra se aferra y tapiza los olmos pelados y raquíticos, que intentan mostrarse entre mimosas ya agotadas de su breve primavera.
El viaje te desplaza en una cabina transparente que te aleja y te aísla, te reconvierte y entrega a la alegría. Es una bienvenida y una despedida sincronizadas y acotadas. Es una enseñanza, un curso rápido y presencial sobre otra perspectiva de la vida.
Es una callejuela estrecha, una escultura flor, un mensaje en el suelo, un mar al fondo, perenne e inagotable, una ventana engordada a través de una reja con barriga cervecera, son los árboles y las plantas, es todo lo autóctono que vive y resiste, una nube en un cielo sin fronteras (la única carretera continua sin cruces ni rotondas ni peajes), una puerta con pérgola ruinosa, una iglesia fría, un edificio antiguo, unos restos añejos, un plato de comida típico o un muro lleno de musgo. Todo llama tu atención, todo parece nuevo y único. Por ello, se dispara la curiosidad insaciable e incontrolable.
El viaje también es turismo, no obstante, es la parte frívola y fastidiosa, la foto, la visita rápida, otra foto, el cansancio, arrastrar maletas (que únicamente pesan durante el regreso), volar en low cost, que te cacheen en el aeropuerto...
Pero lo que interesa, lo que gozas, es el viaje como recorrido, como destino, como movimiento, como descubrimiento. Es un borrado, un reseteado, para llenarte o reprogramarte de nuevo aunque queden archivos antiguos y la nube (la de internet) esté llena de basura intergaláctica. Sí, te refresca, te repone y sus paisajes se imponen. 
Además, el viaje oculta los nombres de los días y siempre es fin de semana, de igual forma que difumina las fechas célebres. Todo es un ligero sábado lleno de expectativas hasta el final.
Igualmente, es un encuentro en vivo con postales típicas e incluso con escenarios de los directos de los corresponsales del telediario. Es lo que queda: las miradas adheridas que no se limpian ni con agua micelar.
Y es la gente que te acompaña, a la que redescubres, con la que compartes. Esos otros viajeros que están a tu lado son tu único asidero en las ciudades que visitas. Son tus cuidadores, te hacen de traductor, vigilan tus pertenencias, aparecen en tus fotos, tienen la misma mirada emocionada y brindan entusiasmados contigo. Su roce permite la seguridad y el disfrute de un entorno desconocido, en el que podrías perderte en soledad. La mitad del viaje son los acompañantes con los que te unes en una ceremonia invisible y duradera en la memoria.
Viajar es también desprenderte de molestias que se han quedado atrás incordiando a tus vecinos. Está lleno de apeaderos desde los que tomar fuerzas. No importa lo que engorda, ni si te bebes un vino de más porque hay un mantra silencioso pero constante que te dice, aprovecha, estás de viaje.
Sabes de la excepcionalidad y por ello quieres atraparlo todo. Y todo es bello y tú te sientes bella. Las ciudades se revalorizan con la mirada del visitante, resucitan, porque sus hijos no las observan ya con el deseo de atraparlas ni la admiración de creerlas únicas. La fascinación por todo lo que visitas es difícil de comparar con sensaciones propias, hasta el punto de creer (fantasear) que los autóctonos del lugar tienen un privilegio, son extraordinarios, viven en un espacio superior.
Luego, el viaje se queda en la memoria a remiendos, hay escenas o frases u olores que se adhieren como esas hojas lobuladas recién mojadas por la lluvia que el viento estampa contra los parabrisas de los coches. Sabes que esos recuerdos, que no son los que has elegido quedarte, son los más fuertes, son el rey de la selva memorística.
Sin embargo, poco a poco estos retazos van encogiéndose hasta perder el fulgor del instante, según van distanciándose del presente. Y al final quedan fotos fijas de un paisaje difícil de definir, una carcajada cuyo eco aún te hace feliz, queda un pecho henchido perdiendo la geografía y mezclándose con esa nube inmensa de documentos dispares que es la retentiva individual.
Dan igual la coordenada geográfica y los kilómetros de distancia, da igual cómo se llame el lugar, da igual si el alojamiento es apartamento turístico, hotel o cueva, todo tiene encanto y te seduce. Da igual que sea Chinchilla o la Costa Azul, da igual que te dirijas a la Abadía de Westminster o al nacimiento del río Cuervo, da igual que se hable el portugués de El Algarve o el catalán de Formentera.
El viaje es sanador, es una metáfora de la existencia, de la necesidad de soltarse y de huir, es por eso, y por mucho más, uno de los grandes temas de la literatura. Si no viajas no expandes la mirada, contraes el álbum de recortes sonoros, achicas la vida, la marginas, conviertes tu mundo en un gueto de uno solo.
En ese movimiento que impone el viaje hay una desnudez que te obliga a desligarte de la ropa usada para dirigirte impoluta al destino, sin vicios, ni arrastres, sin holgura. Así, todo entra nuevo a los ojos (aunque alguna vez hayas pasado por ahí), así, se estrenan los sentidos y todo se presenta como si fuera por primera vez.
Y después, cuando el regreso se asienta y pasan los días, queda el poso, un poso que alimenta, que te proporciona la energía y la ilusión para tirar hacia delante en espera deseosa del próximo destino, de otros muchos viajes, de interrupciones de la vida.

domingo, 31 de marzo de 2024

Semana Santa

El domingo de Ramos, día en el que mi madre nos decía cuando éramos niños que si no estrenabas nada no tenías ni pies ni manos, y por eso cada año renovaba mis calcetas de hilo que me llegaban hasta las rodillas… sigo, que me pierdo, el Domingo de Ramos me despertaron los gritos de una persona con una diarrea verbal (textualmente, porque el único verbo que conjugaba era cagar en su forma reflexiva) que no dejó títere con cabeza. Despotricó contra toda la Semana Santa y contra todos sus protagonistas sin excepción (vivos y sobrenaturales). Por supuesto, mi primer pensamiento fue ¡vaya borrachera lleva el amigo!, pero no, beodo, no estaba. Iba enfadado, mucho, muchísimo, un cabreo que puso el grito en el cielo y, sobre todo, en la tierra (en concreto en mi calle), así que en su arremetida también se refirió a los hipócritas que celebran (aunque no debería ser una celebración teniendo en cuenta que lo que se conmemora es la tortura y crucifixión de Jesucristo) esta Semana Santa sin verdadero sentimiento cristiano, mientras practicamos otros sentimientos más terrenales y profanos, incluso reprobables según la lista de pecados capitales: la soberbia, la avaricia, la gula o la envidia. Vamos, el pan nuestro de cada día sea o no santo.

El pobre hombre chillaba como poseído, pero entre su delirio y mi somnolencia reflexioné sobre esa hipocresía contra la que se manifestaba de forma tan violenta. Y ahí, el susodicho tenía más razón que un santo (ya que estoy, me pongo en tono religioso). Así que quien no se considere hipócrita que tire la primera piedra (ahí va otra referencia católico-apostólica).

Porque no nos engañemos, los participantes de la Semana Santa pueden estar guiados por la devoción pero muy pocos practican la fe todos los días del año, virtud, por otro lado, bastante imposible a no ser que estemos hablando de milagros.

Como en cualquier otro momento, en Semana Santa no se abandonan los pecados que practicamos a diario, aunque algunos utilicen la cuaresma para ponerse a dieta y controlar la avaricia por la comida. Nos dejamos llevar, inconscientes, por la vanidad que nos hace pensar que somos mejores que nadie y, claro, nos gusta desfilar ante la mirada de cientos de personas que únicamente te observan para que les des un caramelo. También nos lanzamos en brazos de la envidia cuando se desmorona la vanidad y concebimos que hay otros que llevan las puntillas de cabo de andas o de estante mejor planchadas o, en el otro lado, la bolsa de caramelos más llena. Además, nos importa un bledo el prójimo, a quien podemos empujar ante el lanzamiento de una piruleta.

¡Y la gula! Nos gusta comer y beber como si fuéramos a morir mañana, a todos sin excepción (porque también “en la cara del cura siempre hay hartura”), incluso a quienes sueñan con desfilar en Cibeles. En fin, que mucho golpe de pecho, mucho rosario colgando pero con el mazo dando.

No obstante, no es sólo el caso de esta Semana Santa ¿hay alguna festividad en el calendario que no esté relacionada con la religión? En los pueblos todo gira en torno al patrón o patrona (que en esto sí que hay paridad) y raro es que no haya procesión o misa solemne en el programa de fiestas. Los santos son la excusa para celebrar y ponernos hasta las trancas. No hay más.

Los datos así lo revelan: En España, un 43% de la población se declara no religiosa, según el estudio de Ipsos 'Global Religion 2023. No debe estar muy desacertado el estudio cuando publicaciones católicas reconocen que desde 2013 se ha producido una brutal caída de las bodas religiosas. Ese año, una de cada tres bodas era por la Iglesia y en 2022 era una de cada cinco. Precisamente, la celebración de bodas es un buen termómetro de cómo está la cosa. Sin embargo, seguimos paseando al santo de turno y eso es de hipócritas. De hecho, otro informe, esta vez de ABC de Sevilla, afirma que la participación en cofradías, hermandades y procesiones en la capital andaluza en vez de decrecer, aumenta, de hecho, en 2023 había el doble de nazarenos procesionando en la Semana Santa que en 1995. Y no nos engañemos, no se trata de religiosidad ni de fe, sino de que nos gusta más una fiesta que a un tonto un capirote. Así que mientras hay un efecto “descristianizador” hay otro pro verbenero y, la verdad, no compensa ni equilibra, quizá favorece sólo a la Iglesia.

De todas formas, el mundo sigue girando y el próximo año, si Dios quiere (of course), volveremos a ‘celebrar’ la Semana Santa y la Navidad y todos los festines (sí, festines) por todo lo alto y da igual  que el calendario religioso no nos haga mejores por mucho reclamo de acontecimientos cristianos ni por mucha moraleja que traigan.

Eso sí, en mi caso, para escribir este artículo, he refrescado el Catecismo, he actualizado los diez Mandamientos, los siete Sacramentos y hasta los pecados capitales, así que ya he cumplido con la Semana Santa, lo cual no significa que sea mejor persona porque, la verdad, a nadie le amarga un dulce (o caramelo).


martes, 27 de febrero de 2024

Perdonadores

Estáis (vale, me incluyo, estamos) malacostumbrados, y cuidado, porque enseguida creamos norma (y lo incluimos en el derecho consuetudinario) de lo anormal, de lo inaceptable y hasta del crimen.

Sin ser esta afirmación mía una ley científica, pongo dos ejemplos que me he encontrado recientemente, uno de un ciudadano extrañadísimo porque había sido tratado con "excesiva amabilidad" en un centro municipal. Era tanta la sorpresa que quien le atendió pensó que le iba a poner una reclamación. Y tal y como está el mundo, no hubiera sido una rareza. Hay gente para todo. Pero sí, nos quedamos pasmados cuando nos encontramos con una persona que nos sonríe, empatiza, nos trata con educación, nos dice buenos días... y ya si nos acompaña hasta el sitio somos capaces de regalarle una cesta en Navidad. Sin embargo, aunque no estamos preparados para los malos modales, el embrutecimiento, la subida de tono, es lo que abunda y lo que más recibes hasta el punto de convertirse en costumbre, mala costumbre.

El segundo ejemplo, mucho más terrible, se produce con mucha más frecuencia de la que quisiéramos, en cualquier escenario y con personas de muy diversa índole, que opinan sobre situaciones, hechos y decisiones que rayan la corrupción (o la cumplen con todas las letras) y la despachan con un "los otros hacen lo mismo". ¿Perdón? y eso qué significa, que como todos se emplean en prácticas delictivas, vergonzosas o ilegales, declaramos el campo libre.

A ver si yo logro entenderlo mientras lo escribo; si, es un decir, un gobierno nombra a todos los asesores que puede (y no por necesidad sino porque lo vale), asesores que están al servicio de ese gobierno, no del ciudadano (parece una apreciación idiota pero conviene recordarla), al tiempo que restringe el personal funcionario o sus horas con la justificación de que no hay dinero, ¿no lo denunciamos?, ni criticamos (bueno, eso sí, que somos muy de enjuiciar para lo poco que ejercemos la justicia), ni condenamos porque "los otros" también lo hacían o porque "todos son iguales" o "porque son todos unos sinvergüenzas"...

Esta forma derrotista de indultar me exaspera y me produce una impotencia tremenda. Es como si naciéramos ya en este país con el chip de la amnistía de serie para perdonar lo que en otros países (más civilizados, rectos e inflexibles con la inmoralidad y la villanía) es intolerable. Porque si mi vecino roba y su primo también y su abuelo ya lo hacía, eso, por mucho que se repita en la misma familia o gremio, no confiere perdón, sigue siendo delito.

Los ciudadanos que tenemos el poder, aunque aparezca diluido, de cambiarlo todo, de exigirlo todo, de echar de las instituciones a los abusones... preferimos absolver y ejercer el derecho de gracia como si fuéramos la Corona con asuntos que vician nuestro sistema.  
Perdonamos a los tránsfugas, olvidamos las promesas incumplidas, disculpamos fechorías... y luego nos quejamos, y protestamos, y gritamos e insultamos porque se plantea una amnistía contra el procés y el referendum en Cataluña. Mira, esto no hay quien lo entienda.

Nos acostumbramos (mal) a actitudes y decisiones imperdonables y nos exaltamos con otras, quizá igual de imperdonables, sin criterio, sólo por afiliación y esta nunca es un argumento sólido, ni justo, ni ecuánime, ni siquiera decente.
 
Ya puestos, si nos ponemos a perdonar, tabla rasa, pero si seguimos por este camino, lo más probable es que en un tiempo no muy lejano ya no sepamos diferenciar lo que está bien de lo que no. ¡Y a ver cómo nos apañamos!