miércoles, 10 de julio de 2024

Viejas

Me estoy construyendo un diccionario con palabras que, ¡pobrecitas!, no es que hayan nacido feas ni se hayan engendrado con mala gana o malafollá, es simplemente que les ha tocado en la lotería bailar con las definiciones que más miedo dan. Por ejemplo, muerte, cáncer, aborto, violación, víctima, damnificado o viejo, por citar alguna.

Son palabras que nombran situaciones, algunas indeseables y otras inevitables aunque, irremediablemente, cada ser del planeta tendrá que bregar con al menos una. Ojalá con la única común.

Y esa es precisamente viejo, un término que está rondándonos desde el momento de nuestro alumbramiento. Nacemos y empezamos a envejecer, una particularidad inapreciable porque en el momento del estreno, si no converge nada excepcional, queda toda la vida por delante hasta convertirte en un ser añoso.

No obstante, es sólo al alcanzar cierta edad cuando contemplas la vejez cara a cara. Sabes que la mitad de tu vida ha pasado y que es muy probable que no vivas otra mitad exacta, otros cincuenta años, por ejemplo. Sería casi un milagro. Y ahí es justo cuando contemplas el descenso con la confirmación de peplas que te obligan a convivir con un físico decadente, desconocido, que te limita y que ya no te responde como te tenía acostumbrada. Esa es la primera novedad, el primer síntoma de que vas encaminado hacia la vejez. No se trata de canas o arrugas, es algo más interno e invisible.

Así que tienes que sujetar tu nuevo cuerpo, al que no quieres escuchar y, como rebeldía, le sigues pidiendo las mismas respuestas porque las ganas están casi intactas. Sin embargo, sin planificación, comienzan las reservas: ya no saltas por si, ya no comes, y sobre todo no bebes con la alegría de que te recuperarás antes o después, por si te sienta mal. Estás pendiente de las temperaturas y hasta el contenido del bolso cambia, donde guardabas las compresas ahora hay hueco para llevar el paraguas, el abanico y las pastillas contra el colesterol (el malo).

¡Y qué más da! Vives, sigues tirando, disfrutando más porque gozas los momentos, disfrutas de las fechas, no pierdes el tiempo ni con hechos ni con personas que no aportan. Está todo más controlado y más definido. Te atreves a más, comulgas con menos. Aprecias los detalles, ¡tan inadvertidos durante décadas!, no regalas oportunidades, apuntas mejor, afinas el tiro. Incluso, te ríes de las prisas de los más jóvenes, te da pereza todo lo que tienen que vivir, y aprender, y luchar. Incluso, llegas a escribir un poema titulado Volver, no, como una declaración de intenciones, convencida y determinada a no regresar a ninguna etapa pasada. Porque ese es otro beneficio de llegar a cierta edad, que tus deseos van encaminados a la búsqueda del placer, de manera que la revisión de lo vivido, decidido o hecho te la refanfinfla, sobre todo y principalmente si no le has jodido la vida a nadie.

Otro de los efectos de la edad, la madurez o la vejez es que mientras observas el mundo con otra mirada, tienes que apoyarte en gafas de cerca, pero cuando sueltas la carcajada es por ti, ya no ofreces buenos gestos contagiada por la condescendencia. Porque ya no es esencial caer bien ni atraer más.

Echas de menos sólo tu cuerpo con su energía, ese que durante años te mostró su gran potencial, su infalibilidad, pero has crecido tanto en inteligencia, tienes tanto aprendizaje con poso acumulado, que hay base para construir un palacio. Así que vas aceptando tu nuevo lugar con tus nuevas formas en otro tiempo porque ¿si no, cómo?

Te da miedo el avance, sí, pero tienes claro que quieres seguir adelante. No vamos a negar que la nostalgia puede arreciar en momentos de guardia baja, pero se pasa porque, aunque no lo creamos, sí estamos  entrenados para aceptarnos y hasta para apropiarnos de lo que nos toca vivir.

Igualmente, da miedo hacerse viejo, más por lo que llegará después que por la decrepitud en sí misma, siempre que no sea paralizante. También es cierto que ser viejo o vieja pertenece a una edad cada vez más borrosa. Antes lo eras a los cincuenta, sin embargo, en estos tiempos es un concepto aplicable con más concreción a un colectivo que ronda los ochenta y más.

En cualquier caso, es una palabra que no usamos, sobre todo vieja, que suena aún peor: como un insulto, un reproche, un desprecio o menosprecio, igual que subnormal, un adjetivo que al menos tiene la decencia de no tener género, pero sí tiene en común con viejo la habilidad de hacerte pensar que no eres útil o normal (¡qué será eso!) y, sin embargo, puedes decidir qué hacer con tus días, puedes elegir, se paladea la libertad con más amplitud, y además con conocimiento de causa.

Hace tiempo, alguien dos años menor que yo (y dos deditos menos de frente), me llamó vieja por hacer una gracia sin saber (no lo sabrá aún) que tener más edad no implica morirse antes. Y esta sociedad, cada vez más mayor, sabe que uno de sus retos es mejorar la calidad de vida de los abuelos y abuelas, tan imprescindibles para los nietos y para sustentar a todos sus descendientes de varias generaciones.

Por todo ello, igual que sé que hay circunstancias o experiencias muy deseables como la maternidad que están sobre valoradas, llegar a la senectud está injustamente infravalorado. Por tanto, aunque me estoy acostumbrando a ser mayor, yo nunca seré vieja en el sentido triste y finalista de la palabra. Sin embargo, como me encanta jugar con las palabras, cada vez que recale en este concepto, recordaré que si cambio la vocal del centro por una a, me iré de viaje, una experiencia que da alas y vida, tengas la edad que tengas.


(Artículo publicado en La Idea, 28)

No hay comentarios:

Publicar un comentario