Pues no, yo no voy a hablar de la resolución del Parlamento catalán sobre su independencia. Ya está todo el mundo (incluida yo), ilustrado o no, llenando y contaminando el aire de comentarios sobre el asunto. Sólo apuntaría una cosa, manida y hasta simplona, la unión hace la fuerza y si el órdago de la mitad de los catalanes logra su objetivo, el resto de España se quedará huérfano, debilitado e incapacitado para luchar y vencer las verdaderas y crueles lacras que nos acechan y que empequeñecen nuestra democracia: corrupción, instituciones inútiles, paro, empobrecimiento y una brutal violencia machista. Sin los catalanes tirando del mismo carro, difícilmente el resto conseguiremos atacar y vencer estos verdaderos desafíos.
Dicho esto, yo quiero compartir un pensamiento, no sé si equivocado o no, y es la poca capacidad que tenemos los seres humanos en general para imponer, y sobre todo, para ejecutar un castigo. A mí me pasa con frecuencia, me ablando, se evaporan las razones originales y donde dije digo… Este pensamiento surge tras la noticia de la patada de Valentino Rossi a Marc Márquez. Un inciso, me parece muchísimo más grave, que unos periodistas satíricos invadan la vivienda del joven piloto micrófono y cámara en mano, eso sí es vergonzoso. Bien, pues tras emitir la imagen hasta la saciedad y, por tanto, difícil es que haya alguien que no se haya enterado, se celebra la última carrera en España, en Cheste, y una gran parte del público, pese a la patada y al escarnio de Márquez, vitorea a Rossi como un héroe. Quizá la patada fue algo instintivo que se produce en el transcurso de una competición y un pique y no habría que haberla sacado de contexto, pero de ahí a entronizar a Rossi, creo que hay una gran distancia, mayor que los kilómetros de una carrera oficial.
Este caso es sólo un ejemplo, quizá el último del que tengo constancia, de los muchos que se producen. En general, lo de aplaudir a personas con repercusión pública, algunas delincuentes, que han cometido un hecho reprobable, es completamente miserable. Ha pasado y pasa constantemente, cuando se vota a partidos que mantienen en sus listas a políticos señalados y sospechosos, cuando uno se aposta frente a la reja de la cárcel para vitorear a la Pantoja, cuando uno compra una entrada para ver a Farruquito, después de atropellar a un hombre y darse a la fuga. Todo es deleznable, pero también una mofa para quienes son víctimas de estas ‘estrellas’ o para quienes llevan una vida honesta. Además, también hay miseria cuando seguimos tertulias de cuasi periodistas, dedicadas a desangrar a personajes igual de rufianes que se exponen desnudos a sí mismos y a su familia por un puñado de euros. Y así llegamos a encumbrar a ‘belenes esteban’ y a tullidos mentales.
No se trata de ensañarse con aquellos que han cometido una grave falta ni de injuriarles a la entrada de un hotel, como está pasando con Piqué, sino de demostrar el rechazo a determinados comportamientos con silencio y cierto desdén.
Mientras los ciudadanos no percibamos y usemos nuestro poderío, nuestra fuerza, y hagamos del desprecio el castigo a personajes públicos que en vez de tener una actitud ejemplarizante por su repercusión social, actúan saltándose las mínimas reglas de convivencia y comportamiento, nunca serviremos para mucho más que para ser ciudadanos solos a la altura de ídolos tramposos.
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