Siempre he creído que aquellas personas que tienen un comportamiento correcto, al menos públicamente, los vicios de cada uno en su casa para él se quedan; aquellas que no salen a la calle a jorobar al prójimo, y no porque profesen los preceptos cristianos, sino porque han nacido así; aquellas que reciclan con meticulosidad, que respetan los pasos de peatón, los turnos, que no miran con desdén a nadie, ni le sueltan exabruptos, que no permiten que sus hijos pisen las plantas de los jardines… que a todas esas les tenía que ir muy bien la vida y siempre obtendrían una respuesta amable de sus congéneres.
Sin embargo, este pensamiento, igual que creer en el sueño americano más que en Dios, inspirados ambos de ver tanta película ‘hollywoodiense’ es un grave error: Te puede ir muy mal, peor incluso, siendo justo, coherente e incluso bueno. Y no lo digo por mí, que soy mala malísima, sino por una amiga.
Me cuenta ella que ha decidido cambiar de barrio porque tiene a todos los establecimientos vetados, ya no puede ir al kiosco porque un día fue a comprar un periódico y el estúpido que la atendió, que le podría haber dado mil y una excusas como 'no lo tengo', le soltó un ‘ese periódico es de rojos’. Mi amiga, que es muy buena, soltó toda una retahíla de improperios que dedicó con mucho afán al kiosquero y a toda su familia hasta el quinto o sexto grado de consaguineidad.
Otro día, dice, que se acercó al bar que hay debajo de su casa y pidió una consumición, pero el camarero, que aún no había recogido la terraza y que estaba de guasa con los dos colegas de siempre, le contestó con un ‘estoy cerrando’.
La última fue en la zapatería, le preguntó a la dependienta por una talla concreta y ésta, alta, delgada, joven y monísima, la despachó con 'solo queda ese número', sin más alternativa. Al final se llevó las sandalias en la tienda de enfrente, donde tampoco tenían su talla, pero la chica que la atendió, más curtida, le ofreció otras posibilidades.
Y es cierto que todos tenemos malos días, pero tantas jornadas de tanta gente distinta da que pensar. Por ejemplo, a mí me sugiere que lo que existe en esta maravillosa sociedad es desgana, una abultada y asfixiante desgana porque hay muchos trabajadores, de los que aún trabajan, que están donde ni han elegido ni quieren estar.
Cuando yo, ya no mi amiga, sino yo, entro en alguna oficina de la Seguridad Social noto mi propio ánimo decaído, algo que me ocurre sin intención. Eso sí es pánico escénico, y es que tengo la experiencia de que el funcionario te salga por peteneras, si fuera por burlerías aún le perdonaría, a veces hasta te amenaza y te trata como un infractor. Claro que a mí el pánico se me pasa pero la cara de depresivos que tienen algunos se la llevan a casa porque eso no se va ni con una fiesta sorpresa.
En fin, desgana.
Por eso cuando un día te topas con un funcionario o cualquier otro trabajador que está de cara al público, que te sonríe, te habla con sumo respeto y te ofrece soluciones te dan ganas de llevártelo a casa y hacerle una ofrenda floral.
Puede que no parezca importante pero si tenemos en cuenta que hay unos 'milloncejos' de parados, con los otros tantos de desganados no salimos del pozo ni dando saltos.
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