domingo, 2 de octubre de 2016

Canadá

Tengo, desde hace años, una fijación que raya la rareza y la extravagancia. Consiste en un irrefrenable deseo, cada vez más grande y difícil de gestionar, de marcharme a Canadá.
¿Por qué Canadá?, bueno ¿y por qué no? Yo es que me imagino el país rodeado de montañas y de paisajes naturales exuberantes, bañado de lagos, grande, verde y con gente silenciosa. Y para colmo es el país de las cataratas del Niágara y de Leonard Cohen.
Entiendo los obstáculos: que si hace frío, que si está muy lejos… pero son inconvenientes fácilmente superables, sobre todo cuando hay verdaderas ganas de un cambio profundo y de poner tierra de por medio. Uno de los principales escollos podría ser el idioma y, sin embargo, me resulta una ventaja genial ¡Qué alegría no enterarme de casi nada, vivir sin ruido!
Entre lo que me imagino y lo que sé, como por ejemplo, que los canadienses son capaces de celebrar referéndums para resolver la exigencia de independencia de la provincia de Quebec sin tanto jaleo, no tengo dudas, debe ser el paraíso. No obstante, sé que para reconocer un paraíso es preciso tener conocimientos de su contrario, no digo el infierno, pero sí una nación más inhóspita, que es como siento esta tierra de ciudadanos conformistas y complacientes, donde muchos jóvenes se van y también muchos mayores aguantan con absoluta normalidad verdaderos excesos y tropelías. Un país donde los políticos nos dan cada día motivos sobrados para meterlos en un avión y olvidarlos como náufragos en una isla virgen y muy lejana, y que ya aprovechen y se coman entre ellos; un país donde hay más mediocres por kilómetro cuadrado que roedores, donde el periodismo es una profesión de comunicados o confrontación, donde nos pasamos los derechos fundamentales por el forro y donde la meta está en encontrar un trabajo esporádico que no te gusta por menos de mil euros.
Llamadme traidora, pero depende también del concepto que tengamos de traición, porque si no lo son quienes se llevan el dinero a paraísos fiscales, ni quienes son sospechosos de, no digo robar, sino malgastar el dinero público, ni quienes nos intentan dar gato por liebre, por qué lo iba a ser yo, que solo aspiro a respirar aire puro rodeada de un entorno diferente y distante que nunca me ha decepcionado.
Ni siquiera busco el exilio, solo vivir sin que me persiga la desazón y la desesperanza, que siento cuando leo un periódico, me asomo a alguna red social o entro en la pescadería, donde siguen con el debate de si fulano debe o no facilitar la investidura de Rajoy. Porque cuando no es la designación para el Banco Mundial del ex ministro Soria, dimitido por los llamados 'Papeles de Panamá'; es Rita, expulsada del PP, durmiendo en el Senado, al que se agarra como una lapa votando no a la eliminación de los aforamientos, es decir, votando por su bienestar y su cuerpo serrano, y si no, es el trasnochado de Felipe González montando un cirio en su partido y desgajándolo para vergüenza de propios y extraños; o son las imágenes del juicio a los abusones de las tarjetas black, que encima sonríen porque estar ahí no debe ser ninguna deshonra… ¿Cómo no voy a pensar en salir corriendo?
Y no solo lo pienso yo, conozco a unos cuantos que como tuvieran la más mínima oportunidad huirían despavoridos, con lo puesto y sin volver la vista atrás.
Llevan años proponiéndome irme de hippie a La Gomera, y es que la cosa viene ya de lejos. No sería mala opción siempre y cuando se instaure como lengua oficial el silbo gomero, porque ya con más no puedo.
Así es que, Canadá adóptame. Prometo no molestar. Ni te vas a enterar de que he llegado.

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