Pasadas las felicitaciones y los besos, todo a cientos, a borbotones,
como si no hubiera un mañana, toca diseñar el listado de buenos
propósitos. Es el momento idílico, utópico, somnoliento y resacoso
del año en el que creemos, de verdad, que nada más que por el hecho
de que comience un nuevo calendario vamos a conseguir lo que llevamos
meses, incluso años, cultivando, alimentando, alentando, y con mucho
vicio.
Que somos fumadores, pues nada, en la lista de buenos propósitos
aparece con prioridad, dejar de fumar; que somos unos deslenguados o
mal hablados, pues colocamos en primer lugar lo de no decir tacos o
no criticar. Hay propósitos de todos los colores y manías, nunca
mejor dicho.
Hay quienes deciden no volver a pelearse con el prójimo o ponerse a
dieta, apuntarse al gimnasio… En fin, tontadas que para el 17 de
enero (San Antón, y hasta San Antón Pascuas son) ya nos hemos
pasado por el forro… del olvido y estamos enredados en otros
menesteres. Pero es cierto, se acaba la Navidad con sus buenos
deseos, su amabilidad, su cariño, sus abrazos y toda su
inconmensurable bondad, y el mundo con sus océanos, sus desiertos,
sus paraísos y sus habitantes nos vuelve a importar un pepino, así,
en general.
Para lo único que podrían servirnos estas fechas es para
demostrarnos que también somos capaces de lo mejor. Sin embargo,
dentro de esa categoría (muy acotada, como si la fuéramos a
agotar), de ese amplio espectro, infinito si todos juntáramos
nuestra versión buena, hay muy pocos pensamientos para Alepo, para
los refugiados, los exiliados, los desahuciados, los huidos, para los desmanes y las injusticias, para la
violencia y los atropellos, tampoco para la verdad. En fin, nos acordamos nada, incluida yo, de todos aquellos que no pueden pensar en ponerse a dieta porque viven
en ayuno constante ni en quitarse el tabaco porque tampoco la cosa
les da para financiarse el humo. Y lo curioso es que ellos son parte perenne, vecinos de toda la vida, de este mundo nuestro de ayer y de siempre.
Por eso, mis buenos propósitos no tienen nada que ver con quitarme
los kilos de más, total ya no me van a llamar para desfilar en
Cibeles, sino que prefiero dedicárselos a quienes de verdad y desde
la distancia lo necesitan con urgencia. A ver si, por lo menos, las
intenciones positivas, responsables, comprometidas, solidarias… se
convierten en una gran marea que mueve algo de este mundo hostil
donde la bondad es solo en Navidad y la mala baba para el resto del
año.
Así que feliz año a todos, en especial a esa gente que, si estuviera en este lado, tendría como
buenos propósitos dejar de fumar o adelgazar, pero no se nos puede pedir más, es nuestra
naturaleza.
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