Ya está, se acabó el extraño y tedioso proceso de investidura. Ya tenemos presidente y ya se supone que volvemos a la normalidad, ese estado tan buscado y esperado, y que tanto se mima desde sectores sin aspiraciones y temerosos del diablo. Una normalidad que es un mal menor, porque ya nadie sueña ni apuesta por una situación distinta, nueva. Nos agarramos al “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”.
La normalidad, que puede ser muy nefasta, es maravillosa para quienes no tienen ni quieren que nada cambie, un terreno abonado para la misma cosecha que, demostrado queda en este país, no da para que coman todos los súbditos. Sin embargo, esa normalidad es el escenario en el que nos gusta movernos porque, claro, luego está Venezuela.
Rajoy es un ganador y se merece estar donde está. De esto, sin ironía, no tengo ninguna duda. Ya, no. Porque está claro que estos 300 días sin presidente ni gobierno han sido una competición para ver quién se quedaba con el trono, que se ha llevado finalmente el Partido Popular. Muchos dirán que para ese viaje no hacía falta maletas. Puede, pero las contiendas se pueden ganar con distintas estrategias, y la de la resistencia, plegadas las filas sin dejar un hueco, por muchas que fueran las pedradas sobre corrupción, incongruencia, precariedad..., ha sido la mejor, con diferencia.
El resto de contrincantes, unos más que otros, se han quedado de segundones y, además, literalmente apedreados.
Rajoy volverá y lo hará sin un rasguño, cuando lo lógico es que uno regrese de la guerra medio herido, pero son los del bando contrario, los que ahora harán oposición, quienes vienen desorientados, rozando el desvarío.
Por eso, más que felicitar al vencedor o ningunear al perdedor, que no hay que hacer leña del árbol caído, lo mejor es empezar a exigir a los vencidos que se preparen para rejuvenecer o actualizar su irremediable papel de oposición y no solo con dignidad, que sí, también con eficacia e inteligencia, la que no han tenido durante estos 300 días ya pasados. Insisto, unos más que otros.
Y es que se puede gobernar sin gobernar. Me explico, estar en la bancada de la oposición no debe ser entendido como un castigo por no ganar unas elecciones, un lugar al que van los perdedores a hacer penitencia y coger fuerzas para ganar los siguientes comicios o una palestra desde la que negarse a todo. Estar en la oposición debe ser asumido, sobre todo ahora que será una legislatura en minoría, como un papel activo y responsable, en el que cada gesto, discurso o propuesta se presente como una auténtica alternativa a la acción del gobierno. Proponer, negociar y forzar pactos que sirvan a la inmensa mayoría de los ciudadanos debe ser a partir de ahora la tarea de quienes no han logrado el poder.
Porque no hay que olvidar que toda esa oposición, muy amplia en esta nueva legislatura, representa a muchos millones de ciudadanos, de manera que no gobernar no significa dejar el cuerpo muerto a esperar tiempos mejores. Esta vez, dadas las circunstancias y la representación obtenida por cada grupo, no se le podrá echar la culpa de todo lo malo que pase a Rajoy o al PP.
De hecho, lo mejor de esta nueva etapa es que no habrá rodillo porque, con las cuentas en la mano, no sale la suma. Esta vez el rodillo ha quedado atascado y serán los contrincantes quienes tengan la última palabra. Por tanto, se podrá gobernar, o sea, decidir, sin ser ministro ni estar en el partido que sustenta el poder. Ahora ya no es solo el PP gobernando quien se juega su prestigio, el resto, también. Y ahora es, además, el momento de recompensar a los ciudadanos que, ilusionados, pusieron su confianza en los líderes y formaciones finalmente vencidas después de venderles la moto de una sociedad mejor.
Así que comienza un nuevo tiempo para hacer una oposición que ponga patas arriba esta vuelta a la normalidad y donde los vencidos demuestren que, después de todo, votarles mereció la pena.
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