Hasta ahora lo de tener suerte siempre me ha parecido una entelequia, algo indefinible y muy aleatorio. Pero con todo ese cisma en las entrañas del PSOE, he logrado acercarme al concepto con más claridad que nunca.
Tener suerte era hasta entonces un pensamiento inútil, porque cuando uno está en el lugar o en el momento oportuno es probable y lógico que le toque la lotería, encuentre al hombre o mujer de su vida, apruebe una oposición... Y es que no me creo eso tan frecuente de “no he abierto el libro y he aprobado”. Mentira. Y mentira que un resultado positivo sea cuestión de suerte, porque para que se produzca hay que estar, hay que hacer la apuesta. Igual pasa con la mala suerte. No creo que existan los gafes ni la racha aciaga, por eso yo no tengo en cuenta si he pasado por debajo de una escalera o si se me ha cruzado un gato negro. Es más, la experiencia me dice que todo lo que decidimos tiene sus consecuencias buenas o malas en función de la inteligencia que haya en esa decisión. A veces no pelear, no plantarte o permitir te lleva a una situación perjudicial. Posiblemente, muy merecida. En fin que creo que todo ocurre porque estás, porque vives, porque decides, porque te mueves. Acostado en el sofá de tu casa es casi imposible que te suceda algo, bueno o malo.
Y hasta aquí mi teoría, porque luego viene Rajoy y me hunde todo el razonamiento hasta el punto de pensar en la suerte como algo real, palpable y muy deseable. Para mí, el presidente del Gobierno en funciones sí es un tipo con suerte, y ese debería ser su epitafio, ya que nunca está en el sitio adecuado ni tampoco hace apuestas, deja el cuerpo muerto y gana. Solo hay que fijarse en el hecho de que, tras las elecciones de diciembre del año pasado, declinó formar gobierno y en los siguientes comicios, logró más votos.
Puede permitirse lo que quiera, consentir desahucios o promulgar recortes en Sanidad, en Educación y hasta en la alegría de millones de ciudadanos. No pasa nada. Es el líder más votado. Igual ocurre cuando le sale un tesorero avaro, una lideresa díscola o una Rita rebelde, sigue ganando con más apoyos. Que atiende a la prensa poco o en plasma, no solo gana sino que tiene un ejército de periodistas que bebe los vientos por él.
¡Si hasta tuvo un accidente en helicóptero y salió casi ileso! Está claro, tiene mucha suerte.
Ahora, sus contrincantes se despedazan como hienas ¡qué también son listos!, y Rajoy, sin un solo jirón ni una mueca, recoge los frutos de la guerra mientras su figura emerge robustecida.
Al presidente no le hace falta nada, ni carisma, ni una fuerza especial, ni convencer de sus virtudes ni alentar a las masas. Ahí está sin que nada ni nadie le afee ni le haga sombra. Nunca tanta inacción, tanta pasividad y tanta inercia han logrado tanto éxito. También es cierto que mientras la izquierda escenifique su debilidad para qué se va a esforzar con nada. No hace falta ni recorrer de mitin en mitin todo el país, ya está el PSOE linchándose para darle al presidente lo que necesita, más apoyo y credibilidad ¡y sin que se lo haya pedido!, sin un escaño a cambio, ni un piso.
¡Qué los de la izquierda aprendan y dejen de tirarse pedradas por el poder! Lo más gracioso es que el ansia y la ceguedad por el poder también se da en el PP, solo hay ver cómo se agarran Rita o Esperanza o Pedro Gómez de la Serna a sus respectivos sillones, pero a ellos no se le nota.
En fin, es ahora cuando frases como caer de pie o nacer con estrella cobran todo su sentido aunque a mí me han sonado siempre a sospecha, a no explicarse por qué alguien ha llegado tan lejos, como si no se lo mereciera.
A Rajoy no le hace falta trabajar por su liderazgo ni sus triunfos. En él funciona eso de cuanto peor, mejor. Desde ahora es mi talismán, cada vez que necesite un empujoncito, no invocaré al más allá, nombraré a Rajoy porque, señor presidente, es usted un tipo con suerte.
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