martes, 30 de diciembre de 2025

2025

 

Se acaba 2025. No hay nada que lo remedie. Para mí ha sido un buen año pero si no lo hubiera sido, entrar en el nuevo y buscar en la suma de uno más un cambio es misión del género bobalicón. Estrenar almanaque, igual que cambiar de curso o de estación, no garantiza nada bueno. Puede pasar de todo.

Sin embargo, yo, que soy muy de reflexionar en este blog (lo cual no implica que no esté equivocada), he decidido no pensar en 2026, que venga, que se acomode y que me dé lo que haya venido a traerme. Por supuesto, mis deseos son en origen todos optimistas, progresistas, buenistas… pero cada día tengo menos esperanzas en un mundo mejor, en una sociedad solidaria, en un líder generoso o en un prójimo desinteresado.

Por eso y por todo el ruido existente encima, debajo, a un lado y a otro sin dejar espacio para respirar, he abandonado este blog y me he silenciado casi todo el año. Y conste que he escrito. Por ejemplo, sobre este mismo asunto, decía hace bastantes meses:

Me fascina la osadía, desvergüenza, desinhibición, de aquellos que liberan sus opiniones sin que nadie se las pida y sin que el contexto sea oportuno para hacerlo, convencidos de que la audiencia está deseosa de escucharles y de sumarse a las bises como si fueran el grupo musical de moda en un festival.

Estos charlatanes, mercaderes de ideas, la inmensa mayoría frívolas, simplonas, de copiar y pegar por aparentar un talento que no se tiene, ha infectado el planeta, así que le das una patada a una piedra y te salen opinadores de todo y, peor aún, con una agresividad, que más que pensamientos son vómitos deseosos de exhibir en cualquier escenario, creyendo, como quien cree en el poder de los gnomos, que opino igual, voto a los mismos y rezo al mismo dios.

El otro día escuché en una sala un insulto, que no voy a repetir, a Pedro Sánchez, no secundé el improperio, pero bajé la cabeza por temor a que esa persona tuviera la mínima sospecha de que soy de su pandilla y no tanto por el contenido sino por el tono. Los machotes que desparramaban en las barras de los bares, palillo en boca, ahora también te los encuentras haciéndote las uñas, en la tele a cualquier hora, asomándote a X o a Bluesky, o en la consulta del dentista. Estos imberbes mentales son una plaga que te asalta vayas donde vayas, como auténticos novicios haciendo el apostolado.

Y, después de escribir esto, me pregunté ¿para qué?, ¿soy yo mejor?, así que me censuré.

Reconozco que con el genocidio acometido por Israel contra Palestina me he estado mordiendo la lengua meses. Hasta hacerme sangre, y entre todo lo que yo reflexioné, salvo esto:

Con la masacre perpetrada sin nocturnidad y mucha alevosía, demasiada, contra Palestina por parte de Israel, he recordado una palabra que escuché alguna vez y que nunca me hizo falta pronunciar. Hasta ahora. Se trata de judiada. Pensaba que se trataba de un término antiguo que no estaba recogido ni reconocido por la RAE, pero sí, ahí está entero: “Mala pasada o acción que perjudica a alguien”.

Evidentemente, su significado se queda corto para definir lo que está ocurriendo, tan grave y espeluznante, que es difícil encontrar parangón, ni siquiera en el genocidio nazi.

Sin embargo, no dejo de pensar en judiada y en su etimología. Al proceder de judío, en principio me resultaba una palabra con tintes xenófobos pero su sola existencia puede parecer que el ejercicio del mal es, con sus honrosas excepciones, propia del colectivo israelita.

Ahondando en las acepciones relacionadas con el pueblo hebreo, recuerdo haber escuchado judío para referirse a un traidor, es cierto que siempre en algún contexto de la tradición católico-beata.

Igualmente, en la misma RAE, el último significado de tal palabra dice así:  "Dicho de una persona: Avariciosa o usurera. Usado como ofensivo o discriminatorio. Usado también como sustantivo".

Después de este crimen de lesa humanidad que Israel está acometiendo contra Palestina, sólo puedo decir que de casta le viene al galgo.

Por supuesto, la corrupción política, el ascenso de la ultraderecha y la elección que hacemos de nuestros líderes políticos también ha estado provocándome este año. Titulé Barrabás uno de los borradores, pero más que para un artículo da para una obra en varios tomos:

Últimamente, me ronda bastante aquel episodio, muy de Semana Santa, cuando salía ante las masas fervorosas y enloquecidas Poncio Pilato dando a elegir entre un ladrón, Barrabás, y el mesías, Jesucristo. Y aquella turba prefería la liberación del delincuente, el mismo que les había robado.

Desde niña, aquello siempre me pareció una injusticia con mayúsculas y me cabreaba la estupidez de aquella turba chillona y borracha de ignorancia. No obstante, como el ser humano se repite y se copia a sí mismo, el personaje de Barrabás sigue vigente, porque elegir al que te la ha jugado no es de ser muy listo, pero deben ser reminiscencias nuestras de cuando nos movíamos a cuatro patas y saltábamos entre las ramas, llevábamos el culo aire y nos gustaba oler nuestra propia mierda.

Nos gustan que nos fustiguen. No puede tener más explicación a eso de elegir a quien sabes que no te lo va a agradecer, no te va a ayudar o, peor aún, no te va a respetar. Y es que la libertad no es escoger al que nos hace gracia o al de nuestro club del cinquillo únicamente por el hecho de serlo. Una cosa es la lealtad y otra la estupidez. Se está perdiendo la costumbre de elegir al más listo de la tribu, porque Barrabás podría estar bien en un programa de islas o para animar una tertulia a la hora de la merienda, en fin, para echarse unas risas o tener algo de fondo mientras revisas Instagram, pero para dirigir tu vida como que no.

Hay que echarle una pensada sin fervor ni furor, y si puede ser en soledad, antes de elegir, que luego te tienes que quedar con uno que no es de tu talla y no porque no sea el mejor de la tribu sino porque claramente es el peor.

Bueno y por no alargar más, he rescatado otro artículo sobre un asunto que fue noticia y creó polémica que también comparto. Se titulaba Bretón:

Noto que se nos fuerza a llevar nuestra atención hacia personas de ideología radical o hacia personajes de dudosa moralidad. En un momento de parálisis mental, dirigimos nuestra admiración a ignorantes, fascistas, graciosillos de medio pelo que aportan (a quien le aporte, a mí personalmente me causan vergüenza ajena) una risa fugaz que es la que les da asidero para quedarse entre nosotros, entre nuestros referentes. Y esta gente, que no hará historia, hará memoria.

Además, aparte de esos ignorantes, fascistas y graciosillos que reclaman nuestra atención como los bebés cuando eructan, tenemos también y para colmo a asesinos que escriben libros para contarnos los pormenores de su atroz conducta. Léase el caso de Breton. Hay polémica servida con si se debe o no publicar el libro, yo esa polémica la tengo solventada: hagan lo que quieran, yo no voy a invertir dinero en el libro, no lo voy a leer, aunque me lo pueda descargar gratis, aunque me lo dejen en la alfombrilla de la puerta de mi casa. Y para redondear mi decisión, tampoco voy a dedicar un minuto de mi vida a este asunto, una vez me termine de desahogar aquí.

En fin, 2026, como mínimo, me sorprenderá con algún Barrabás, con otras judiadas, con ruido atmosférico y con miles de cosas en las que no quiero pensar, y todo ello sin pedirle nada. De hecho, no quiero pedirle nada para que no me castigue por avariciosa.

Así que lo dejo al azar, aunque yo trabaje todos los días por que todo salga bien. Y virgencica (está feo que implore a la virgen cuando reniego de mi educación católica, pero es que no conozco a otra) que me quede como estoy.

viernes, 28 de febrero de 2025

Lobos

Últimamente se vaticina mucho la llegada de las tinieblas, motivada por la ascensión de líderes poco fiables. ¡Qué vienen los tiempos oscuros!, se oye en todas partes.

Las predicciones apocalípticas existen desde que el ser humano existe, o sea, que son tan frecuentes como las otras predicciones, las del tiempo.

Desde luego, no es un asunto frívolo del que hacer chiste, pero que después del saqueo milenario al que hemos sometido el planeta, que a veces no sabemos cómo se tiene en pie, del destrozo de los recursos naturales, de agujeros de ozono, de deshielos, de especies en peligro de extinción... es lógico que me surja la duda de que un seudo líder con avión privado y residencia en palacio tenga el poder definitivo, el que no ha tenido en milenios ningún otro ser humano, todo él con su inconsciencia y su afán depredador, para cargarse el mundo. Ojalá no me equivoque, porque ya sabemos lo que pasa con los iluminados (léase Putin) cuando se ven en el trono, que te hacen una guerra en menos que canta un gallo.

Sin embargo, la Tierra resiste, resiste las matanzas, las invasiones y ocupaciones, las plagas y los delirios. Resiste a nuestra existencia y nuestra huella de carbono, a las profecías de Nostradamus y a los tecnológicos avances que nos aligeran y facilitan la vida para inficionarnos enfermedades modernas.

Pese a ese grito de espanto ¡qué viene el lobo!, me alivia pensar que el mundo sobrevive a todo, aunque nos empeñamos en convertirlo en un ordenado vertedero. Por tanto, si el planeta tiene esa capacidad de tragar y digerir tanta barbarie, ¿cómo un tipo casi octogenario, con ideas absolutistas y propuestas enajenadas va a ser quien acabe con todo? No lo veo, entre otros motivos porque yo no doy por supuesto que el resto de ciudadanos vayamos a permanecer impertérritos. El mundo puede acabar por culpa de todos pero ¿por este tipo en concreto? El ser humano no ha sido consecuente, sin embargo, no podemos quitarle el mérito del progreso y de la sabiduría y de tomar las decisiones que a lo largo de la historia han mejorado la existencia y la convivencia.

Y llegado a este punto, todos sabemos que quienes nos gobiernan son testaferros. Están de cuerpo presente pero quienes toman las decisiones son los lobby, esos grupos de presión en forma de empresa o de iglesia (de la creencia que sea), que nunca son ciudadanos a pie de calle reclamando por el interés general o el bien común, sino grupos reducidos con poder económico. Ellos son los que llevan la batuta del mundo, casi en la sombra tomando decisiones que afectan a todos pero que a ellos les llenan los bolsillos, aún más.

Así que miedo al lobo Trump... sí, pero no. Lo cierto es que cuando escucho alguna de sus chirigotas no me sale cabrearme. De hecho, el otro día, junto a unos amigos, recordando sus pretensiones sobre la gélida Groenlandia quisimos atizar el disparate con más disparate, por lo que al presidente norteamericano le proponemos que cuando se haya hecho dueño del hielo de la isla se venga a colonizar Murcia, la región del limón, con el fin de disponer de la mitad de los ingredientes para el gin tonic. Le faltaría la ginebra, pero no creo que sea problema para Trump encontrarla en algún país a mitad de camino y añadirlo a sus alucinaciones colonizadoras. Cuando lo tenga todo, ya sí, a emborracharse en el resort de Gaza. El dislate sólo tiene una respuesta, más dislate.

Trump da risa y quizá no debería dármela, porque detrás habrá una buena panda de aprovechados sin escrúpulos y esos son los peligrosos, porque son los que se esconden tras el chistoso de la manada y mueven los hilos del títere con la medalla de hombre más poderoso del mundo, quien sólo tiene privilegios, poder no. A lo mejor lo que habría que plantearse es que den la cara quienes están decidiendo por nosotros, esos que no se han presentado a ningunas elecciones, a quienes no se les puede obligar a dimitir porque tiran la piedra y esconden la mano. La esconden en el mismo lugar donde se esconden ellos y su dinero. También, habría que plantearse vaciar las instituciones de políticos que sólo sirven para medirse entre ocurrencias en cualquier debate. Está claro que no sirven para nada y alimentarles nos cuesta lo nuestro.

En fin, quizá se acabe el mundo mañana pero no será por culpa de alguno de estos mequetrefes con corona y cetro, sino por la de quienes les mueven las manos y la boca desde la oscuridad de las sombras. Y esos, amigos, esos sí dan miedo. 

miércoles, 12 de febrero de 2025

Gascón

Mira que intento resistirme a formar parte del totum revolutum, inmenso, infinito, que es la opinión pública (así, en general) en estos momentos. Es mucha la pereza y demasiada la sensación de que no merece la pena, por lo que en los últimos meses opto por cualquier otra tarea o afición. Pero hay veces, como ahora, que me cuesta más pasar por alto algunas polémicas. La impotencia (y hasta la irritación), que siempre dejo sueltas, me empujan a manifestarme en un ejercicio que me ayuda a aclarar ideas ante la infección de dimes y diretes.
Quien me saca de mi pasividad es Karla Sofía Gascón, una de las protagonistas de “Emilia Pérez”, una película sorprendente que creo que se merece todos los premios que le otorguen, incluido el Oscar a Mejor Actriz. Porque la candidata hace un buen trabajo y punto, que si luego ha sido en el pasado una bocachancla o, si lejos de la ficción, ha sido incorrecta o prepotente, no es eso precisamente lo que se juzga para conceder este galardón.
A ver, no estoy nada de acuerdo con ella y me parece de una osadía idiota hacer esos comentarios en público, es más, si lo piensas en privado, guárdatelo para ti, sobre todo porque son feos, hirientes, insultantes ¿y qué necesidad tienes de hacer semejante exhibición? 
En cualquier caso, me da a mí que la actriz estará ahora mismo arrepentidísima de sus afirmaciones y, lamentablemente, quizá, no porque ya no las mantenga (ojalá) sino por estar en la palestra siendo juzgada por algo del pasado y algo que no tiene nada que ver con un trabajo, cuyo premio sería también un reconocimiento para las cientos de personas que han participado en la película. 
Insisto, lo que debe juzgarse es la actuación para la que ha sido nominada Gascón. Precisamente, Hollywood, California y EEUU no están para mensajes moralizantes ni para ser ejemplo de buena conducta. Porque ¿cuántos empresarios premiadísimos tienen el carnet lleno de pecados? ¿cuántos productores cinematográficos galardonados han sido unos abusones? ¿cuántos artistas que han estado en la cárcel por delitos relevantes han llenado los auditorios y han levantado ovaciones? Y ahora la pregunta de cajón: ¿cuántos dirigentes políticos, principalmente, el presidente del país donde se otorgan los Oscar, son unos absolutos bocazas, cuyos comentarios rayan la amenaza, el racismo, la discriminación… y son un riesgo para la población, y, sin embargo, no sólo nadie los castiga sino que incluso se les sigue votando?
A ver si ahora en los países del derecho a la libertad de expresión, algunos, con claro tono bélico en cualquiera de sus posturas, son más dignos de ese derecho que el resto. 
Gascón se pasó de frenada y sólo espero que la vida, la experiencia, sus viajes y sus lecturas hayan contribuido a reconstruir sus pensamientos y a día de hoy se haya desecho de ese tufillo agresivo-fascistoide. Yo misma tengo páginas, incluso libros, escritos en momentos concretos, de los que ahora no me siento tan satisfecha ni orgullosa por mucho que los escribiera con todo el convencimiento y el genio que disponía. ¿Cuántas veces personas te han inspirado un amor o un odio terribles y luego te han traicionado o demostrado su valía? Todo es cambiante, más aún las ideas. Por ello, no se puede vomitar en redes lo que se te pasa por la cabeza, ni en caliente ni ebria (ni sobria ni en frío si no lo has pensado dos veces).
En cualquier caso, lo que dijo dicho está, ha pedido perdón y creo que la próxima vez que Karla Sofía Gascón vaya a publicar algo lo pasará por el filtro de lo políticamente correcto. 
Precisamente, aquí en este blog escribí una entrada hace ya tiempo, previendo y constatando el peligro de las redes sociales en cuanto al rastro que dejan tus palabras, titulado «Por si me hacen concejala» (https://pepa-tormento.blogspot.com/2015/06/por-si-me-hace-concejala.html). Hay que guardarse las espaldas.
En fin, si a partir de ahora se trata de premiar teniendo en cuenta lo que has hecho, lo que has sido, lo que has dicho, me da a mí que van a sobrar trofeos. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. No, Trump, no. Ya sé que estás deseoso de lanzar piedras o bombas, pero no me refiero a ti.