¡Lo que me gusta un viaje!, donde sea. Me gusta desde el embrión, desde el
momento de la semillita, cuando alguien (yo, por ejemplo) pregunta por qué no
vamos a… Y a partir de ahí comienzan las emociones, las ilusiones, las
expectativas…, como si estuvieran envasadas al vacío y, de pronto, estallaran
igual que si descorcharas la botella de cava, de cava catalán, of course.
No obstante, hasta esta experiencia
maravillosa y excepcional puede convertirse en una ful por muchas razones. Hay
que filtrar y eludir inconvenientes varios para que el viaje sea realmente
bueno. El más reiterado es la aglomeración astronómica que hay en todos sitios.
Después de mi último destino
(Amsterdam), que bien merece una visita por razones que no voy a desgranar para
no hacer efecto llamada, no dejo de pensar en lo que se ha convertido esa gran
acción que es viajar.
Mi conclusión es que la nueva pandemia
después de la pandemia está provocada por los turistas. Nos congregamos por
millares ante lo típico, lo popular, y lo hacemos queriendo asirlo todo, como
si tuviéramos espacio de sobra (físico y mental) para colocarlo. Nos encantaría
embarcar lo que vemos, tocamos, saboreamos, pero tenemos que conformamos con
fotografiarlo con el móvil, que es una apropiación casi insignificante y muy
perecedera.
Los turistas (me incluyo por no ofender,
pero vamos…) llegamos al lugar igual que si bajáramos en tobogán, salimos como
los toros del toril, con prisa, ansiedad y cierto trastorno. Dejémoslo ahí. Y
digo yo, si estamos de viaje, en otro contexto, en otro idioma (o dialecto o
acento), de vacaciones, con amigos o con personas que has elegido, para qué
tanta locura.
Sin embargo, a cambio de nuestro afán, asumimos
y permitimos (salvo excepciones) cualquier imposición o norma sin rechistar.
Estamos de buen humor porque nos encontramos inmersos en una de esas gratas
excepciones de nuestras vidas, el viaje. Por ello, consentimos incluso lo
que es abusivo: las colas, los precios, la reducción de nuestro equipaje a
bolso de la Nancy y que nos magreen en los aeropuertos. Todo, gustosos.
Pero qué pasa con los destinos, esos
paisajes, entornos, ciudades que sitiamos acorralando a los nativos. Porque ya
no hay temporada alta ni baja, no se concentra el turismo en agosto o Semana
Santa, ahora el trasiego es de todos en todos sitios todo el tiempo.
Pisamos ciudades que nunca quedan vacías
para poder recuperarse o airearse. Continuamente, sin descanso, llenamos
papeleras y consumimos frenéticamente, con desesperación y un egoísmo
insaciable que no se rebajan o disuaden con el amontonamiento en la puerta del
edificio famoso o con los “sablazos” por una entrada, un souvenir o una cerveza.
Y todo por una pequeña colección de fotos, ya que el deseo es arrancar, extraer
lo característico del lugar como si fuéramos conquistadores que han plantado su
bandera, buscáramos un certificado de “yo he estado ahí” o como si creyéramos,
igual que antiguas tribus, que las fotos roban el alma. Quizá ese es nuestro
propósito: robar el alma de las ciudades en las que aterrizamos.
Ser turista no es lo mismo que ser
viajero, no queda nada para la improvisación ni, por supuesto, la aventura. Está
todo programado, planificado. No hay descanso hasta que no hayas pasado por la vivienda
más estrecha del mundo (en cada ciudad hay una, yo ya conozco dos) y te hayas
hecho tres (o treinta y tres) fotos en la puerta de la casa donde nació
fulanito; hasta que no hayas paseado por el río o por la calle más larga o por
la plaza más popular o por el templo donde se casó tal o cual princesa.
Las ciudades más visitadas están
muriendo de éxito: tanto turista las está convirtiendo en inaccesibles para
ajenos y, por supuesto, para propios. ¿Qué oriundo puede pasar, ya no digo
pasear, por la principal avenida sin toparse con cientos de personas o puede
contemplar una obra de arte sin que le empujen? Los turistas hemos robado las
ciudades a sus naturales habitantes.
Una amiga, que vive y trabaja en Ibiza,
me muestra su temor al verano, a la avalancha en busca de calas, de fiesta, de
alcohol y de drogas. Porque esa es otra, los turistas, que no viajeros, hemos
transformado con nuestra masiva presencia los destinos, incluso los hemos
viciado.
Pagaremos los trastos, de hecho, cada
vez se limita más el acceso a determinados paisajes o monumentos, así algunos
no tendremos la posibilidad de llegar con nuestro móvil y hacernos un par (o
treinta y tres) fotos.
No obstante, yo cambio mi condición de
turista (a la que estoy condenada) por la de viajera, exploradora o aventurera
al estilo de Egeria o de Livingstone para redescubrir, mirar desde otro lado, mimetizarme con los paisanos y
conocer sin tiempo, sin móvil y sin afán por nada, sólo por llenarme los ojos,
dar gusto a los sentidos.