jueves, 30 de abril de 2026

Turistas

 


¡Lo que me gusta un viaje!, donde sea. Me gusta desde el embrión, desde el momento de la semillita, cuando alguien (yo, por ejemplo) pregunta por qué no vamos a… Y a partir de ahí comienzan las emociones, las ilusiones, las expectativas…, como si estuvieran envasadas al vacío y, de pronto, estallaran igual que si descorcharas la botella de cava, de cava catalán, of course.

No obstante, hasta esta experiencia maravillosa y excepcional puede convertirse en una ful por muchas razones. Hay que filtrar y eludir inconvenientes varios para que el viaje sea realmente bueno. El más reiterado es la aglomeración astronómica que hay en todos sitios.

Después de mi último destino (Amsterdam), que bien merece una visita por razones que no voy a desgranar para no hacer efecto llamada, no dejo de pensar en lo que se ha convertido esa gran acción que es viajar.

Mi conclusión es que la nueva pandemia después de la pandemia está provocada por los turistas. Nos congregamos por millares ante lo típico, lo popular, y lo hacemos queriendo asirlo todo, como si tuviéramos espacio de sobra (físico y mental) para colocarlo. Nos encantaría embarcar lo que vemos, tocamos, saboreamos, pero tenemos que conformamos con fotografiarlo con el móvil, que es una apropiación casi insignificante y muy perecedera. 

Los turistas (me incluyo por no ofender, pero vamos…) llegamos al lugar igual que si bajáramos en tobogán, salimos como los toros del toril, con prisa, ansiedad y cierto trastorno. Dejémoslo ahí. Y digo yo, si estamos de viaje, en otro contexto, en otro idioma (o dialecto o acento), de vacaciones, con amigos o con personas que has elegido, para qué tanta locura.

Sin embargo, a cambio de nuestro afán, asumimos y permitimos (salvo excepciones) cualquier imposición o norma sin rechistar. Estamos de buen humor porque nos encontramos inmersos en una de esas gratas excepciones de nuestras vidas, el viaje. Por ello, consentimos incluso lo que es abusivo: las colas, los precios, la reducción de nuestro equipaje a bolso de la Nancy y que nos magreen en los aeropuertos. Todo, gustosos.

Pero qué pasa con los destinos, esos paisajes, entornos, ciudades que sitiamos acorralando a los nativos. Porque ya no hay temporada alta ni baja, no se concentra el turismo en agosto o Semana Santa, ahora el trasiego es de todos en todos sitios todo el tiempo.

Pisamos ciudades que nunca quedan vacías para poder recuperarse o airearse. Continuamente, sin descanso, llenamos papeleras y consumimos frenéticamente, con desesperación y un egoísmo insaciable que no se rebajan o disuaden con el amontonamiento en la puerta del edificio famoso o con los “sablazos” por una entrada, un souvenir o una cerveza. Y todo por una pequeña colección de fotos, ya que el deseo es arrancar, extraer lo característico del lugar como si fuéramos conquistadores que han plantado su bandera, buscáramos un certificado de “yo he estado ahí” o como si creyéramos, igual que antiguas tribus, que las fotos roban el alma. Quizá ese es nuestro propósito: robar el alma de las ciudades en las que aterrizamos.

Ser turista no es lo mismo que ser viajero, no queda nada para la improvisación ni, por supuesto, la aventura. Está todo programado, planificado. No hay descanso hasta que no hayas pasado por la vivienda más estrecha del mundo (en cada ciudad hay una, yo ya conozco dos) y te hayas hecho tres (o treinta y tres) fotos en la puerta de la casa donde nació fulanito; hasta que no hayas paseado por el río o por la calle más larga o por la plaza más popular o por el templo donde se casó tal o cual princesa.

Las ciudades más visitadas están muriendo de éxito: tanto turista las está convirtiendo en inaccesibles para ajenos y, por supuesto, para propios. ¿Qué oriundo puede pasar, ya no digo pasear, por la principal avenida sin toparse con cientos de personas o puede contemplar una obra de arte sin que le empujen? Los turistas hemos robado las ciudades a sus naturales habitantes.

Una amiga, que vive y trabaja en Ibiza, me muestra su temor al verano, a la avalancha en busca de calas, de fiesta, de alcohol y de drogas. Porque esa es otra, los turistas, que no viajeros, hemos transformado con nuestra masiva presencia los destinos, incluso los hemos viciado.

Pagaremos los trastos, de hecho, cada vez se limita más el acceso a determinados paisajes o monumentos, así algunos no tendremos la posibilidad de llegar con nuestro móvil y hacernos un par (o treinta y tres) fotos.

No obstante, yo cambio mi condición de turista (a la que estoy condenada) por la de viajera, exploradora o aventurera al estilo de Egeria o de Livingstone para redescubrir, mirar desde otro lado, mimetizarme con los paisanos y conocer sin tiempo, sin móvil y sin afán por nada, sólo por llenarme los ojos, dar gusto a los sentidos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario