lunes, 1 de junio de 2015

Adiós al absolutismo

Sigo de resaca postelectoral, siete días con sus noches escuchando y leyendo cientos de reflexiones y conclusiones. En ese sentido, esta semana ha sido fascinante. Los resultados, personalmente, no me han dejado boquiabierta, pero sí las ingentes lecturas que se han hecho sobre estos y, por encima de ello, la inconmensurable sorpresa de cabezas de lista que se ven, después de dos décadas y por primera vez, derrotados aún habiendo ganado. Impresionante Rita Barberá diciendo ‘¡qué hostia!’ Y yo ‘flipo’: ¿Acaso esperaba usted revalidar una mayoría absoluta con la que tiene liada en su ciudad? ¿Acaso cree usted y sus compañeros de partido que los ciudadanos son todos tan cernícalos que vamos a perdonar una y otra vez sus fechorías? Nada más que el hecho de formular la pregunta me ofendo a mí misma, porque los ciudadanos no somos ese dios que perdona tras ponerle unas velas y después de haber escupido en la cara del prójimo. Algunos dejamos hace tiempo de poner la otra mejilla.
Y luego sale el señor presidente, a destiempo aunque prescindiendo de pantallas de plasma, a achacar la pérdida de votos con una obviedad simplona a problemas de comunicación… y yo añadiría, de valentía. ¡Hay que ver cuánto ejercicio de control de su información cuando son tan poderosos!
Así que la primera conclusión es que estos comicios dejan a los ganadores flaqueando y a los perdedores aspirando. Precioso (es ironía) papel que le están dando a Ciudadanos, quienes van a tener que ser unos verdaderos e inteligentes estrategas para apoyar el mantenimiento de los vencedores sin perder el aval recibido a su candidatura y acabar como UPyD.
La segunda es que los ciudadanos tienen hartura, tienen un limite y se han manifestado, muchos de ellos sin miedo al coletas ni a regímenes bolivarianos ni a tontadas parecidas, aunque, que nadie pase por alto que hay seis millones de personas a las que ‘se la pela’ la corrupción, la mala gestión o los recortes. Por tanto, sinceramente, la pérdida de votos es poco castigo para la devastación alcanzada. Así que tampoco hay que descorchar el champán.
La tercera y para mí principal consecuencia es el adiós al absolutismo, el principal y más vil vicio de la democracia.  Aquí sí sacaría el champán o ‘el gaitero’. Ahora, aquel que quiera gobernar tendrá que pactar, negociar y acordar. Se acabó la tiranía del ‘porque yo lo valgo’. Es mi esperanza, mi ilusión y mi sueño.
Se acabó el rodillo, se acabó tirar por tierra cada una de las propuestas de la oposición sin leerlas, se acabaron las triquiñuelas, los atajos, amañar concursos para colocar a enchufados, contratar a asesores de consejeros a través de organismos satélites, pagar viajes o mobiliario innecesarios a través de fundaciones… Si alguno de los ganadores en esta Región lee esto, sabrá de lo que hablo y, si no, se lo puedo explicar con datos.
Pese a todo, y como diría Manuela Carmena, creo en la reinserción, por lo que mi mejor deseo es que los ganadores que han perdido comiencen la etapa de retirada a los cuarteles de invierno, ya que atisbo el momento de iniciar la regeneración verdadera, de hacer acto de contrición y cambiar. Y, aunque haya quienes opinen que los nuevos se corromperán igual y empezarán a colocar a los suyos, estoy convencida de que mientras llegan, se acomodan y conocen los mecanismos de funcionamiento pasará un tiempo virginal en el que podremos degustar derechos como la igualdad, la libertad y la dignidad. Brindo por ello.

sábado, 25 de abril de 2015

Coladeros

La imagen de Rodrigo Rato registrado y, diría que, avergonzado, aunque vete tú a saber, me ha inspirado un pensamiento, poco científico pero no por ello falso, de que los partidos políticos son un coladero. Y no sólo por Rodrigo Rato, apodado 'el mejor ministro de Economía de la democracia'... A tomar viento los que vengan detrás. 
Digo, que no sólo Rato, los nuevos partidos políticos se las están viendo y se las están deseando para encontrar candidatos que cumplan unos mínimos. Un día sí y otro también leo que si Ciudadanos ha tenido que nombrar una gestora en Getafe porque se le han colado seguidores de Falange. Luego me cuentan que hay candidatos situados en primera fila de estos nuevos partidos, después de haber pasado por otros, sin ningún pudor, ni ideología ni coherencia. Digo Ciudadanos, pero Podemos, tres cuartos de los mismo. Y esto no es serio.
A esto le sumas el que se las lleva a la sombra del partido, el que coloca a la chiquilla que ‘no me ha valido para sacar unas oposiciones’ y, sobre todo, ese baile de nombres para incluir en las listas electorales, nombres que sólo son relleno, porque en muchos casos se trata de personas  que hay que seguir manteniendo en las instituciones ya que si no ¿a qué se van a dedicar? Hay algunos que no han trabajado en la vida y otros que ya no tienen edad para volver al oficio o que la empresa por la que una vez fue contratado ya no existe. Y ponerse a emprender da un poco de pereza. Yo lo entiendo.
En fin, un coladero. Eso son los partidos políticos.
Y a lo mejor la culpa no es de estas formaciones, es decir de las siglas, sino de quienes están al frente sin la fortaleza ni la resistencia para pasarse por el forro gratitudes que luego salen caras al partido y a los ciudadanos, las últimas víctimas.
Así que en eso se han convertido, en apacibles coladeros, que no caladeros, porque no hay nada que pescar. Son más bien refugios, donde se sienten protegidos e intocables muchos advenedizos. E incluso, a veces, son residencias de ancianos de lujo para pasar los últimos días antes de la jubilación, siempre forzosa.
Reconozco que hay comunidades autónomas como la de Madrid con suerte. Me fascina que una jueza ya de retiro como Manuela Carmena, que no tiene nada que demostrar, lidere la lista de Podemos. Pero también el cabeza del PSOE, Ángel Gabilondo, otro que no es sospechoso de que necesite la política para vivir bien.
No obstante, están cayendo los mastodontes de los grandes partidos, que deberían aprovechar la oportunidad de presentarse aligerados de pesos pesados que llevan toda la vida haciendo y deshaciendo. Deberían dejar que entre aire fresco, aunque pondría como requisito único que nadie alcanzara un cargo político sin haber pasado antes por la empresa privada, no digo universidad, digo que hayan trabajado, que hayan tenido un jefe, horas laborales interminables, un sueldo ajustado, no digo beca, y luego ya hablamos de hacer de la política un oficio. A ver si así, el coladero se convierte en caladero.

jueves, 2 de abril de 2015

Locos

El accidente aéreo que ha conmocionado a medio mundo vuelve a poner sobre la palestra nuestros miedos y nuestro desamparo frente a lo inevitable. Después de una catástrofe como ésta en la que padres pierden a sus hijos, hijos pierden a sus padres, mujeres y hombres a sus parejas…, lo que queda después es más temor que intentaremos combatir con muchas más medidas de protección.
Sin embargo, a la vista está que por mucho que nos resguardemos, por mucho que corramos para preservar nuestra vida o nuestro mundo, pasará lo que tenga que pasar, porque parece que los hilos del mundo están en manos de locos, de seres inconscientes ante el dolor ajeno, ante la vida de los demás. Son auténticos depredadores sin alma.
Y mientras sean los locos quienes decidan, poco se puede hacer. Pero no son dos o tres, ni son fanáticos localizados en un rincón del mundo, los locos están en todas partes, incluso en nosotros mismos. O ¿es que no hemos oído nunca eso de ‘era una persona normal’, ‘llevaba una vida normal’? hasta que se le cruza el cable y le da por estrellar un avión, matar a su pareja o acabar con la corta vida de su hijo.
Estamos rodeados de locos que llevan una vida igualita a la nuestra, así que no estamos a salvo.
Los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York trajo cambios que nos afectó a todos. De alguna manera todos pagamos por aquel ataque. A partir de aquella siniestra fecha, las cabinas de los aviones se blindaron para impedir la entrada de locos y a nadie se le ocurrió que esos locos ya podrían ir dentro antes de cerrar la puerta blindada. Es imposible pensar en todos los peligros y  amurallarse contra ellos. Esa obsesión también es de desequilibrados.
Es curioso que el orden social se diseñe a golpe de locuras. Hubo un tiempo que se podía llevar hasta salchichón en la maleta que traías hasta el aeropuerto, ahora no te dejan ni llevar un botellín de agua en el bolso.
Echas un vistazo a tu alrededor y hay detalles del entorno urbano que también se han modificado porque antes hubo un loco que hizo un estropicio. Y desde luego no hace falta estar medicado para ser un demente. Son los que viven, e incluso razonan, como la mayoría de sus congéneres, la verdadera amenaza para todos los que aún no tenemos cortocircuitos. Creo, además, que la locura anida en los gestos más pequeños. Se activa ante interruptores extremadamente sensibles. Ni siquiera pasar desapercibido es el mejor chaleco anti locos.
Quizá el gran reto es descubrir por qué se despierta la bestia que, visto lo visto, parece que llevamos todos dentro. Es como si sólo los que tienen una inmensa capacidad de aguante pueden salir indemnes, porque lo cierto es que la vida es tremendamente compleja y nos lleva  en demasiadas ocasiones al desvarío. Combatirlo y ganar la batalla nos deja en el bando de los juiciosos.
Los locos y el miedo a ellos son los que mueven el mundo, ese al que nos aferramos aquellos que, dentro de nuestra locura, nos creemos cuerdos mientras vivimos alegres y ajenos a cualquier amenaza.

sábado, 14 de marzo de 2015

Silencios que matan

Una vez alguien me dijo que el que calla es porque no tiene nada que decir. Esta afirmación que no es nada brillante, en aquel momento se me quedó atascada. No obstante, también oigo muy a menudo esto de que el que calla, otorga. Y esta otra frase ni es brillante ni cierta.
Cada vez más para mí los silencios son espectaculares y ocultos oasis, que te ayudan a ordenar. Cada vez más creo que los silencios bien administrados son signos de una singular inteligencia.
Sin embargo, saber cuándo hablar o cuándo callarse es tarea harto complicada y no precisamente apta para todo ser humano.
Se puede pecar de incontinencia verbal o de una mudez tras la que sólo está la pretensión de hacerse invisible. No hablo, no me ven y si no me ven, dejarán de buscarme. Como en el juego del escondite. Algo así es lo que pasa a muchos miembros de la política de todos los colores y, como ejemplo ilustrativo, tenemos el papelazo que el ministro de Defensa, Pedro Morenés, ha jugado en el caso de la comandante Zaida Cantera, una militar acosada, y otras muchas cosas más, por sus superiores, de apellidos de gordos y mente estrecha.
Para lo poco que se le ha visto en público al ministro, la verdad es que podría haber aprovechado y salir a la palestra a hablar con lucidez. Muchas mujeres y hombres se lo habríamos agradecido. Pero ha preferido practicar una táctica, que no sé si será militar, consistente en callar, hablar y después disculparse. No he entendido la estrategia, debe ser de última generación.
Otro demostrativo ejemplo de silencio es el que asume mucha gente, a la que no le cuesta absolutamente nada decir ‘te llamo’, ‘te contesto’ o ‘ya te digo algo’. Creo que cuando pronuncian esas frases están pensando en lo que van a comer, porque nunca llaman ni contestan ni nada. Las utilizan sólo como un latiguillo y dejan a su interlocutor quizá esperanzado, animado, expectante. Aquí el silencio impuesto por una de las partes no es más que una forma de mentir, sin medir las consecuencias que ese compromiso entraña.
Esto lo hacemos constantemente, aunque en mi caso yo prefiero decir ‘a ver si nos vemos’, que es una redundante forma de dejarlo todo en manos de la providencia.
Contestar me ha parecido siempre un signo inequívoco de buena educación, de empatía. A veces sólo requiere una palabra, una palabra sola que para el que espera es un manjar. 
Así que, los silencios debemos reservarlos para situaciones en las que es mejor callar porque se evita polemizar, porque el interlocutor no se merece una opinión tuya o simplemente porque no se tiene un pensamiento claro.
Pero cuando se tienen responsabilidades, los silencios deberían estar vetados. Hay que dar respuesta al que espera, al que necesita, al que desea… Y es que, aunque esa contestación no sea positiva, al menos te dejan el camino despejado para seguir. Después de conocer el caso de Zaida Cantera, que lleva años buscando solución, he comprendido al fin otra frase poco brillante pero que he oído mucho, hay silencios que matan. 

sábado, 21 de febrero de 2015

Enredada

Me faltaba a mí que mi madre también tuviera WhatsApp. Ya no hay humano virgen en la era internet. Y, si lo hubiera ¿Cómo lo encontramos? porque yo sin Ggogle no soy nadie. Mi melodía diaria es el sonido del móvil, que encima viene de fábrica. Es conectarlo en cuanto me levanto y ya empiezan a sonarme los WhatsApp, que si un chiste sobre la película ’50 sombras de Grey’, una ocurrencia del cuñado o las típicas preguntas de ¿Dónde estás? o ¿Qué haces?, que me encantan, sobre todo por la obviedad, ¡contestando a tu pregunta! 
Lo cierto es que hay días en los que me siento una esclava del teléfono, pero lo peor es cuando recibes mensajes escritos con tanto nerviosismo que no sabes ni qué te preguntan ni por qué. Entre las abreviaturas y las prisas, me llegan cosas ilegibles, tanto que al final no sabes si tu madre te ha hecho un bizcocho o te habla de algo que es viscoso.
Y luego está la dificultad de vigilar a los hijos que oye, a ti no te cuentan nada, pero todo lo que se callan contigo lo sueltan en la primera red social con la que consiguen cuatro seguidores. Entre que escriben ‘xq’, ‘wapa’ o cosas parecidas y que parecen espías del KGB poniendo claves, no hay forma de que me entere bien de nada. Y ahí ‘Google’ ayuda poco.
Pero la red es fascinante, te lo ofrece todo y te permite tocar, mirar e incluso quedarte con lo que te gusta. Pero como todo en el planeta Tierra, también tiene sus perversidades, la principal es que entraña una gran dificultad para separar el polvo de la paja. No todo es verdad ni todo el que habla es mínimamente inteligente. Y todo el tiempo que te ahorras en encontrar información sobre lo que sea, lo pierdes en comprobar si es o no verídica.
Ahí, Internet puede ser la peor máquina de crueldad, sobre todo por la cantidad de personas que se esconden tras disfraces para manipular, mentir o herir utilizando las artimañas más despectivas. Lees comentarios salidos de tono, argumentos ruines para defender cualquier cosa, insultos o bravuconadas, incluso críticas simplonas sólo por hablar. 
Por contra, el otro día leí una carta al director en un periódico de un señor que criticaba unas declaraciones y lo hacía citando a diferentes poetas. No sé si estaba o no de acuerdo con él, pero me pareció tan inteligente y tan raramente seductor que ya no puedo permanecer impertérrita cuando se hacen comparaciones facilonas con el comunismo más devastador o, lo que es peor, al contrincante político con cualquier asesino hitleriano. Me resulta de un abuso humillante decir lo que se opina sin reflexión en cualquier soporte, sobre todo en las redes sociales. Luego suplicaremos a ‘Google’ que oculte nuestros desvaríos de bocazas porque no queremos tener antecedentes o un pasado que nos avergüence. 
Para mí son imperdonables los pecados de los abusadores y las palabras estúpidas, que ocupan un lujoso espacio para aquellos que prefieren criticar con poesía. Aún así, pese a las perversidades de la Internet, yo prefiero vivir enredada.

sábado, 31 de enero de 2015

Lo que mal empieza

Una vez aminorados los estruendosos ecos de los comicios griegos, el anuncio de adelanto de las elecciones andaluza y catalana, la convención del PP y el lío de Podemos, tapándole las partes a sus miembros mientras les intentan sacar en pelotas, tenía dos opciones, o hablar de Bárcenas, que me tiene estupefacta, o dedicarme a reflexionar sobre un asunto desgarrador, la conclusión del informe sobre la percepción social de la violencia de género en la adolescencia y la juventud. Inquietante.
Pues bien, chicos de entre 15 y 29 años ven inevitable y aceptable controlar a sus parejas e incluso impedir que vea a su familia o amistades. Aquí sólo diría que lo que mal empieza mal acaba, a veces, incluso acaba, a secas.
Esto ha sido noticia durante una sola jornada de esta semana con sus días y noches. Todos los medios de comunicación se hicieron eco e incluso contagiaron a los ciudadanos, no a todos, su sobresalto. Pero ya está. Sin embargo, yo sigo impresionada porque hace tiempo que me pregunto por qué no son efectivas las campañas de sensibilización, ni contra el maltrato ni contra los accidentes de tráfico, y por qué no calan tan profundamente las noticias e imágenes sobre víctimas de violencia de género, mientras sí que nos impregnan frases, chascarrillos y tópicos simplones con un claro objetivo de idiotizar. Quizá sea eso, que los mensajes que nos llegan están destinados más a silenciar nuestra mente que a estimularla y al no estar acostumbrados a pensar, a proyectar, a imaginar, a buscar... nos creemos que la irresponsabilidad, la venganza e incluso la muerte está en el portal de otros que no tienen que ver con nosotros, aunque compartamos el mismo lugar en el mundo.
Que unos críos vean normal controlar a su pareja es grave y consecuencia de una educación huérfana, bien porque su madre no le ha dado un pellizco para llamar su atención cuando no ha cedido el asiento a una persona mayor, bien porque las estúpidas disputas políticas no han llevado a los colegios una verdadera educación en valores.
Y esos críos son formidablemente inteligentes, capaces de conectarse a la NASA con un teléfono de cartón piedra, manejar redes sociales con una agilidad febril o incluso inventárselas. Escriben letras en sus teclados a la velocidad de la luz, pero no para decir te quiero sin condiciones.
Demuestran que se puede ser inteligente e ignorante al mismo tiempo y es esa falta la que nos debe dar miedo a padres, educadores y responsables de la administración, porque un mes sin comer pasta, una regañina en el colegio o campañas de sensibilización ineficaces nos lleva a situaciones en las que el simple hecho de amar está rodeado de espinas, cuando enamorarse a los 15 o a los 20 y ser correspondido es un feliz milagro y debería ser un derecho fundamental.
Bueno, como en esta ocasión, el tema era serio, me prometo a mí misma compartir en la próxima  mis pensamientos sobre Bárcenas o el pequeño Nicolás o cualquier otro personaje de la política o de ‘Gran hermano’.

miércoles, 14 de enero de 2015

¡Menudo año nos espera!

Soy una friki de la Navidad. Me gusta. A otros les da por chupar candados. Pero ésta ya se ha acabado. Fue cerrar la puerta a los Reyes Magos y a tomar viento la magia. En la tele desaparecieron sin dejar estela esos elegantes, cuidados, eróticos anuncios de perfumes para dejar paso al de las compresas, justo cuando tenía conseguido ascender por la cortina del salón a lo Charlize Theron, y el de los juguetes por los anticongestivos, antitusivos y anticolestores. En fin, bienvenidos a la realidad.
Pero oye se ha ido la Navidad, y aún resuenan con alegría los ecos de las discusiones con la familia sobre Podemos. ¿Soy yo o el tema de conversación estas fiestas ha sido el nuevo partido? Como no quiero que se me vea mucho el plumero en esas tertulias al estilo ‘Sálvame’, sólo intervengo para apagar el fuego de la ira de algunos que dicen disparates tan estúpidos que aunque el susodicho no me toque nada, me da no sé qué que salga a la calle con esas ideas tan primitivas.
Lo cierto es que opinan después de pimplarse el vino, la cerveza y el cava. Es entonces cuando afirman furibundos, medio poseídos por el maléfico, que como ganen nos quitan las casas. Y lo sueltan sin anestesia, con la boca llena de polvorón.
Pues sí, la Navidad se ha ido, pero esta vez nos ha dejado el aperitivo de lo que nos espera este año que ya, a estas fechas tan tempranas auguro largo, más que 2014. Es un auténtico cansancio estar escuchando los resultados de las encuestas ¿cuántas llevamos ya?, que si Pablo Iglesias bebe los vientos por el régimen chavista, que si habrá pacto entre los grandes partidos o no, que si la crisis remite… Lo siento, pero psicológicamente no estoy preparada para tanta charla. 
Bueno, bueno, y luego están las quinielas sobre quiénes serán los tocados con el halo divino para gobernarnos.
A todo eso hay que sumar que si la Infanta Cristina y el caso Nóos, que si nuevos casos de corrupción de este y del otro… Me canso nada más que de enumerarlo aquí. Estoy por hibernar, y eso que me ahorro. De momento me había pasado a los programas deportivos, pero no he ganado en nada y eso que, menos mal, ya nos hemos librado de la intriga con el Balón de Oro.
Sin embargo, siendo sincera, prefiero mil millones de veces más someterme a estos debates baldíos, repetitivos, a veces poco fundamentados y en todo caso prescindibles en la mayoría de las ocasiones a que lo que me cuenten en la tele y en la calle es que unos locos han entrado en una revista y se han cargado a doce personas sin nocturnidad y con toda la alevosía, en nombre de un dios que, en caso de existir como ellos creen, estará más que avergonzado y huyendo hacia otra hibernación, a la espera de fieles más cuerdos y avanzados. 
En fin, que a la vista de tanto iluminado con medio dedo de frente voy a seguir escalando la cortina a ver si me llaman para el anuncio. ¡Menudo año nos espera!