miércoles, 22 de julio de 2026

Campeones

 

Estos días se habla mucho de justicia, un término muy difícil de pronunciar con orgullo o dignidad por una cuestión de escasez. Se dice que se ha hecho justicia en el fútbol; menos mal que ha sido en el fútbol, que tiene más defensores (y opinadores) que cualquier otro asunto en todo el planeta. Pero más que escribir sobre esa justicia, que no ha impartido ningún ser togado ni divino, sino que se ha impuesto gracias a un trabajo empecinado y enorme, prefiero dedicarme a la injusticia, aquella que, también en el fútbol y en todos los ámbitos del reino animal (nunca mejor dicho), se nos presenta como normalidad. Por ejemplo, que un equipo bronco, cuyos miembros, representantes del deporte (con todo lo que ello entraña de sacrificio, de competitividad, de integridad...) no tengan ningún escrúpulo en meter la pierna y el pie para detener al contrincante, duela lo que duela, o no sepa asumir la derrota con respeto y decencia, y se enzarce en más empujones y golpes tras el pitido final del partido debería estar penado. En este caso, no hay justicia, porque el salvaje que lleva una camiseta con la que identifica a una nación entera volverá a entrar en un estadio, volverá a meter la pierna, caiga quien caiga, y volverá a ser aplaudido por su hazaña.

El fútbol, que a mí, en muy contadas ocasiones, me emociona tanto, tiene ese flanco tan terrible y tan reiterado. Por eso, cuando señalan a jugadores como ejemplo para generaciones de niños y niñas, es conveniente elegir bien el modelo porque no se trata de marcar goles sino de saber dar la mano en la derrota y aplaudir al rival que recibe la medalla. Y eso es lo que hace grande a un jugador, a un equipo; lo demás, lo demás es propio de callejones de mala muerte entre contenedores pestilentes y vomitonas.

Otro de los aspectos destacados tras ganar España el Mundial de Fútbol es la confirmación (para mí algo terrorífica) de la unión que produce entre los ciudadanos de un país que, por un momento, se olvidan del vecino que opina distinto, de los políticos, de la corrupción, del problema gravísimo de vivienda, de la asquerosa especulación, de la arbitrariedad de jueces formados y elegidos como seres específicos para ser equitativos, imparciales y justos... Por un momento, todo se aparca, nos uniformamos con camisetas del mismo color, ondeamos banderas patrias sin la vergüenza de que las exhiban los que menos la quieren y bailamos la música que nos pongan, incluida la de Julio Iglesias que, personalmente, no me parece bien elegida. Pero estamos que lo perdonamos todo. 

Contemplar ese hermanamiento social tan único, lo confieso, me conmueve pero es una excepción imposible de trasladar a otros ámbitos de verdadero horror. No obstante, lo peor de todo es no saber que esa inmensa reunión de ciudadanos que hemos visto en Madrid para recibir a los campeones del mundo podría parar una guerra, derrocar a un tirano o a un fondo buitre, volcar la economía. El día en el que dos o tres o siete millones de personas se tire al unísono a la calle para pedir rendiciones por lo injusto o exigir paz, ese día se habrá alcanzado una plenitud tan absoluta en lo social que no habrá dios que impida alcanzar el verdadero triunfo.

Ojalá ganar en el fútbol sea, además, un ensayo de la sociedad para tomar las calles cuando la causa sea digna y justa.

Sin embargo, sé que no se le pueden pedir peras al olmo, sé también que el milagro es cosa de ese dios al que cito con la distancia de atea y que hay un colectivo de ciudadanos que sólo conjuga un verbo: pasar (sin moverse), yo paso, dicen. Normalmente, es gente que tiene problemas para llegar a final de mes (ya lo sabemos), que tiene dificultades para encontrar una vivienda, que no le gusta su trabajo y no puede (quiere) cambiarlo, que se conforma con salir a tomar una cerveza o simplemente sentarse en el sofá o ver un reality ridículo (como todos, aunque no debería juzgarlo porque no he visto ninguno), que no siente como hecatombe la pérdida, enseguida la parchean con un conformismo lelo, y que inoculan su mansedumbre a la progenie como quien deja una medallita del Virgen del Carmen en herencia. Ese es el primer colectivo que pasará hambre en caso de guerra, aunque si hablamos en términos bélicos, es carne de cañón para los abusones vengan en nombre de quien vengan, abusones. Y es también el que cansa y lastra a quienes todavía creen.

Como digo, ojalá el fútbol. Ojalá tuviera el poder de trasplantar conciencias sociales en todos los que nos emocionamos y lloramos y cantamos 'campeones del mundo' y bailamos por Julio Iglesias en torno a la copa del Mundial.

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