sábado, 14 de noviembre de 2015

Ídolos tramposos

Pues no, yo no voy a hablar de la resolución del Parlamento catalán sobre su independencia. Ya está todo el mundo (incluida yo), ilustrado o no, llenando y contaminando el aire de comentarios sobre el asunto. Sólo apuntaría una cosa, manida y hasta simplona, la unión hace la fuerza y si el órdago de la mitad de los catalanes logra su objetivo, el resto de España se quedará huérfano, debilitado e incapacitado para luchar y vencer las verdaderas y crueles lacras que nos acechan y que empequeñecen nuestra democracia: corrupción, instituciones inútiles, paro, empobrecimiento y una brutal violencia machista. Sin los catalanes tirando del mismo carro, difícilmente el resto conseguiremos atacar y vencer estos verdaderos desafíos.
Dicho esto, yo quiero compartir un pensamiento, no sé si equivocado o no, y es la poca capacidad que tenemos los seres humanos en general para imponer, y sobre todo, para ejecutar un castigo. A mí me pasa con frecuencia, me ablando, se evaporan las razones originales y donde dije digo… Este pensamiento surge tras la noticia de la patada de Valentino Rossi a Marc Márquez. Un inciso, me parece muchísimo más grave, que unos periodistas satíricos invadan la vivienda del joven piloto micrófono y cámara en mano, eso sí es vergonzoso. Bien, pues tras emitir la imagen hasta la saciedad y, por tanto, difícil es que haya alguien que no se haya enterado, se celebra la última carrera en España, en Cheste, y una gran parte del público, pese a la patada y al escarnio de Márquez, vitorea a Rossi como un héroe. Quizá la patada fue algo instintivo que se produce en el transcurso de una competición y un pique y no habría que haberla sacado de contexto, pero de ahí a entronizar a Rossi, creo que hay una gran distancia, mayor que los kilómetros de una carrera oficial. 
Este caso es sólo un ejemplo, quizá el último del que tengo constancia, de los muchos que se producen. En general, lo de aplaudir a personas con repercusión pública, algunas delincuentes, que han cometido un hecho reprobable, es completamente miserable. Ha pasado y pasa constantemente, cuando se vota a partidos que mantienen en sus listas a políticos señalados y sospechosos, cuando uno se aposta frente a la reja de la cárcel para vitorear a la Pantoja, cuando uno compra una entrada para ver a Farruquito, después de atropellar a un hombre y darse a la fuga. Todo es deleznable, pero también una mofa para quienes son víctimas de estas ‘estrellas’ o para quienes llevan una vida honesta. Además, también hay miseria cuando seguimos tertulias de cuasi periodistas, dedicadas a desangrar a personajes igual de rufianes que se exponen desnudos a sí mismos y a su familia por un puñado de euros. Y así llegamos a encumbrar a ‘belenes esteban’ y a tullidos mentales. 
No se trata de ensañarse con aquellos que han cometido una grave falta ni de injuriarles a la entrada de un hotel, como está pasando con Piqué, sino de demostrar el rechazo a determinados comportamientos con silencio y cierto desdén.
Mientras los ciudadanos no percibamos y usemos nuestro poderío, nuestra fuerza, y hagamos del desprecio el castigo a personajes públicos que en vez de tener una actitud ejemplarizante por su repercusión social, actúan saltándose las mínimas reglas de convivencia y comportamiento, nunca serviremos para mucho más que para ser ciudadanos solos a la altura de ídolos tramposos.

lunes, 26 de octubre de 2015

Impunidad

Atención, pregunta: Con la investigación por supuestos cobros del 3% de comisión por parte de Convergència  en Cataluña ¿cuántos casos de corrupción llevamos ya en este país (que aún está entero)? La pregunta da para una respuesta infinitamente larga y con demasiadas variables sobre, qué partidos, cuántos políticos, en qué comunidades… Se puede incluso obtener datos de los protagonistas atendiendo al sexo, origen familiar, lugar donde cursaron estudios. Fascinante.
Y quizá, después de un extensísimo estudio, descubramos que no hay conclusiones generales ni denominadores comunes, sólo que han contado con un aliado imprescindible y extraordinario: la sensación de impunidad. No encuentro otra motivación, estímulo o razón para esta epidemia que se extiende salvaje.
Es curioso que todos los casos de los que tenemos noticia señalan a personas económicamente solventes. El ejemplo más claro es el de Rodrigo Rato. Como no se me ocurre una minúscula explicación para que este hombre, rico de cuna, se haya aprovechado, supuestamente, de sus puestos de responsabilidad, algunos de carácter internacional, y se haya forrado, he empezado a especular con teorías muy locas, como por ejemplo: ¿y si todo esto responde a una demostración empírica para algún organismo internacional sobre el tiempo y la cantidad que uno puede estar llevándoselas  sin que nadie se entere?, o se trata de un caso grave de ludopatía y se juega al bingo el infinito y más allá, o quizá es que sea víctima de alguna mafia rusa. Puede ser también que sea un Robin Hood que, como tal, pretendía repartir entre los necesitados. Tal vez lo hizo por venganza a su partido al no conseguir ser candidato a la presidencia, o podría ser que no soportara más a su familia y la única forma de perderla de vista era con una detención… Yo qué sé.
Y mientras nos enteramos de todos estos procesos, salta a la palestra Messi con todos sus balones de oro y una denuncia por fraude. Y tampoco entiendo la motivación, como no sea que en su país natal los cálculos se hagan de otra forma o que está hasta los mismísimos de que Hacienda se lleve un buen trozo de su pastel.
Sigo pensando que todo esto debe responder a ese poderío, esa sensación de impunidad, de sentirte invencible o intocable, porque si no, es difícil comprender que uno pierda tanto la cabeza, cuando además todos los días se están dando a conocer nuevos casos. Debe ser que hay muchos que se escapan y por eso merece la pena. Pero cuando te pillan con las manos en la masa, la pérdida es mucho mayor que todo el dinero logrado, desde el estatus hasta el prestigio y la invalidez para volver a ser lo que se fue. Y todo por un dinero que no se necesita para vivir aunque, a veces no se trata ni de eso. A veces el simple hecho de obtener un alto puesto o posición, incluso por méritos propios, ciega tanto que se pierde el norte y la noción de lo que es íntegro, justo, honesto, responsable… y se coloca a amiguetes utilizando concursos públicos para obtener un nombre ya elegido de antemano, como parece haber ocurrido en la Universidad de Cantabria y como pasa todos los días en todos sitios, incluida esta Región de Murcia, o te da por quitar multas a los afines o te da por manipular la información de una televisión pública para que te saquen siempre guapo.
En fin, suma y sigue. Ojalá llegara el momento en el que pudiera escribir o reflexionar sobre temas que no estuvieran relacionados con corrupción y prevaricación, pero son malos tiempos en esta tierra para la lírica.

sábado, 3 de octubre de 2015

Mentiras

He descubierto que mi champú tiene extracto de higos y es revitalizante, hidratante y no sé cuántas cosas más. Pero es mentira, como casi todo lo que vemos y oímos, como casi todo lo que nos venden.
Yo creo que es fácilmente justificable que alguien que quiera hacer negocio exagere las cualidades de su producto, eso forma parte del marketing, pero de ahí a otorgarle propiedades medicinales, pues no. Pero lo mejor es que todos estamos vendiendo siempre algo, incluidos a nosotros mismos. Por tanto, mentimos mucho.
Algo así debe haberle pasado a Volkswagen, que menuda ha liado por ocultar las emisiones contaminantes de sus vehículos. Si es que con tanta mentira, ya no te puedes fiar de nadie. El fraude está en el aire. Nunca mejor dicho.
Pero además, los últimos días y semanas estamos asistiendo a un bombardeo brutal de noticias relacionadas con las elecciones autonómicas en Cataluña. Otra mentira. Esas elecciones sólo han sido un sondeo para contar independentistas. Bueno, al menos ya han tomado el pulso unos y otros, y sabrán, aunque tengo serias y verdaderas dudas, por dónde tirar. Lo tremendo es la gran movilización ciudadana que una mentira puede desencadenar y lo fácilmente manipulables que somos los seres humanos, quienes acudimos en manada a votar tras campañas electorales, todas diseñadas y construidas sobre mentiras, con la esperanza de mejorar nuestra sociedad.
Y, hablando de bombardeos, el de Rusia a Siria estará, seguramente, inspirado y motivado en otras muchas mentiras. Algún día, alguien podría dedicarse a contar los muertos producidos por ataques en busca de terroristas. Nos engañan con miserables excusas para ocultar verdaderas razones, nunca cimentadas en el interés de los ciudadanos. La mentira es más fuerte y siempre gana.
Mientras tanto, los sirios huyen en bandada y de forma desesperada de un país arrasado. Ahora que los rusos han intervenido, nadie debería dudar de los motivos de este éxodo tan sangrante.
Yo nunca he creído que la decisión de abandonar tu país en guerra, arriesgando la vida de tus hijos sea frívola, caprichosa y alegre. La imagen de aquel pequeño niño ahogado en la orilla de una playa turca es suficientemente fuerte e impactante como para entender la desesperación. No hay palabras que la expliquen mejor que la soledad de Aylan Kurdi ahogado. Yo también cruzaría mares y desiertos en busca de una vida mejor, aunque esté en un mundo lleno de mentiras. Los únicos que en estas circunstancias no mienten son los húngaros, quienes han mostrado al mundo el generoso, solidario y gran pueblo que son. Yo aquí hubiese disculpado y admirado la mentira de hacer creer al resto de Europa que levantar muros contra los refugiados era para evitar las riadas.
Y una última mentira más, la de la Ley gallega de Muerte Digna, que no sirve para nada, que no está ayudando ni apaciguando la pena de Andrea y su familia, que desean acabar con el sufrimiento de doce años. Terrible decisión, desde luego, pero si existe la ley, debería cumplirse, para que no pase como aquella de ‘memoria histórica’ o la propia Constitución que establece el derecho a trabajo y vivienda digna. ¡Cuánta mentira!

martes, 8 de septiembre de 2015

Sospechosos

El otro día volvía de hacer unas compras y al pasar por la puerta de un supermercado recordé que me faltaba no sé qué. Así que entré y justo en ese momento la cajera me espetó con un 'las bolsitas tienen que dejarse en consigna' y yo, que sin ningún motivo cada día estoy más flamenca, me di la vuelta y me marché mascullando un 'las bolsitas las va a dejar tu prima'. Fue una chulería sin importancia pero muy natural que yo, que nunca he sido ni acusada, ni pillada in fraganti, ni tengo antecedentes ni soy deudora ni sospechosa ni nada, puedo permitirme.
Me ha cabreado y me cabrea mucho que alguien sin ninguna autoridad y, peor aún, sin ningún motivo, me pida que le enseñe el bolso ¿por qué? Si existiera una mínima evidencia de que he podido sisar algo, se puede entender, y a regañadientes.
O ¿por qué tengo que dejar en una cinta de escáner mi bolso para que un desconocido se empape bien del contenido? Vamos, para que ese día te apriete el sujetador y te lo guardes en el bolso! O ¿por qué dejar el móvil? ¿Qué arma mortal podría yo introducir en un teléfono? ¡Si me cuesta encontrar la ranura para meter la tarjeta!
No voy a decir que además de torpe para dedicarme al terrorismo soy buena persona y no he tenido malos pensamientos. Claro que sí, pero cuando das con una funcionaria con mala cara y mascando chicle a mí me dan ganas de pegarle otro chicle en el pelo, pero no de crear una célula terrorista ¡pues menudo trabajo!
Y luego está también ese otro momento en el que después de pasar por caja salta la alarma de la tienda. Pues yo en ese instante me dan ganas de poner tierra de por medio y salir corriendo, total ya, a los ojos del resto de clientes soy una ladronzuela, sólo me queda confirmarlo y hacer sudar a la tonta del haba que no me ha quitado la alarma. Debería existir una sanción para el comercio que te hace pasar el mal trago de verte señalada.
Está también el caso de que se te juzgue y se te acuse implícitamente de bandolero por la pinta que tienes. Yo, que tengo la costumbre de salir sin peinarme, un día de estos me cachean porque sí, porque hay una redada y parezco una quinqui.
Hay que ver, que en este embrollo de contradicciones e injusticias que es la vida, el ciudadano es siempre sospechoso. A ver, todos buenos no somos, pero delincuentes tampoco, de la misma forma que tampoco todos los políticos son corruptos...
El caso es que si lo primero que los compañeros de partido dicen de un alto cargo imputado es que hay que suponer la presunción de inocencia, ¿por qué un supermercado, un guarda jurado o
cualquier otro no me presupone inocente y me señala sin conocerme de nada?
Y ya me faltaba la enmienda a la Ley de Enjuiciamiento Criminal para impedir la toma de imágenes de un político detenido. Claro, éste, esposado después de que un juez vea indicios de delito, es inocente y lo de las esposas son calumnias de la oposición.
Pues la próxima vez que la cajera de su supermercado me llame la atención porque ella cree que al llevar unas bolsas voy a robar, le vacío el contenido en la cinta y, por su bien, espero que en ese momento no haya salido a tirar la basura.

jueves, 27 de agosto de 2015

Jóvenes

Está de moda ser joven y yo siento una vez más, la ciento y un mil en mi vida, que voy a contrapié, porque ni soy una veinteañera ni lo pretendo. De hecho, si se me apareciera el genio de la lámpara maravillosa tengo en mente millones de cosas que pedirle, pero entre éstas no estaría un elixir de eterna juventud.
Porque ser joven es maravilloso y lo es, quizá, porque se acaba. Sin embargo, si hay una edad del pavo de la que habitualmente uno se avergüenza, los hechos y dichos de la juventud no son todos precisamente para estar orgullosos.
Uno se equivoca toda la vida, pero mucho menos conforme va cumpliendo años.
Pero se ha puesto de moda ser joven, como si se pudiera elegir o comprar y como si ello fuera la garantía única para el éxito de una empresa o proyecto. De hecho, el otro día me llegó una oferta de trabajo de ‘Responsable de comunicación’, ojo, ‘responsable’ y se ofrecía contrato inicial de prácticas no laborales para menores de 25 años, pasando luego a contrato en prácticas, o contrato inicial de prácticas laborales para menores de 30 años. Muy inteligente dejar en manos de un joven inexperto la imagen de una empresa. Yo creo, de verdad, que cuando se habla de comunicación nadie sabe ni lo qué es ni lo qué significa ni mucho menos su trascendencia.
Pero esto al final es decisión de una empresa privada y allá ésta con su reputación. Sin embargo, a lo que voy es que observo entre asombrada y preocupada la selección de muchos jóvenes para dirigir departamentos en las administraciones públicas después de las últimas elecciones municipales y autonómicas. De entrada, rejuvenecer, refrescar, incluso animar las instituciones con cachorros no tiene por qué ser malo, pero sinceramente, aunque no seamos Grecia, no estamos para desviarnos ni jugar ni hacer experimentos con gaseosa. La experiencia es un grado, y cuando lo que hacen falta son gestores inteligentes, no listos, espabilados o ambiciosos, sólo inteligentes, a lo mejor, sólo a lo mejor, es necesario echar mano de los que tienen demostrada una larga experiencia y conocimiento.
Máxime cuando los jóvenes colocados son, desgraciadamente en muchos casos, hijos de padres a quienes los partidos les están muy agradecidos por una u otra causa. ¡Pues que les manden una cesta por Navidad!
No obstante, como la generalización es síntoma de estupidez, he de reconocer que he trabajado y conocido a jóvenes de una gran capacidad. Para uno malo que me ha salido, había dos cuya labor era encomiable. Así que ganan por goleada los buenos, pero claro estos no tenían responsabilidades políticas. El que salió rana, sí.
Creo firmemente que es necesario mirar los curriculum con lupa, igual que en la empresa privada, bueno no, más, para ostentar cargo, porque luego los ves que se tambalean, como cuando una niña de corta edad se pone los tacones de su madre. Es necesaria la formación, los idiomas (aunque en la administración ser amigo o afín ya tiene categoría de máster), pero también la experiencia, mucha experiencia, pero claro, lo digo yo, que no soy una veinteañera, ni lo pretendo.

viernes, 7 de agosto de 2015

Lealtad

Lealtad ¿qué es la lealtad? Antes de intentar acercarme a una definición más o menos correcta, diría que, al igual que otros valores como la honradez, la sinceridad o la amistad, la lealtad está corrompida, que es mucho peor que ser mal comprendida.
Pero hay lealtades y lealtades. La lealtad al partido me parece tan extremadamente peligrosa y algo tan absolutamente anexado a regímenes dictatoriales que me siento desazonadamente decepcionada porque los nuevos, aquellos que iban a cambiar este país y lo iban a transformar en honradez y decencia me vengan ahora con contrataciones de personas destacadas por una supuesta lealtad a unas siglas para ejercer de periodista y sin que haga falta la titulación para ello. Pues esto ya lo teníamos, y además desde hace décadas. Sin embargo, da igual, su ejercicio real no es el periodismo sino un chaqueteo empalagoso que no lleva a nada, ni siquiera a un buen servicio al patrón. No digo que entre los afines no haya gente preparada, pero son habas contadas.
Es cierto que ser licenciado en Periodismo y realizar un trabajo digno e imparcial no juegan siempre en el mismo equipo, es más, diría que ser imparcial y ser profesional es mucho más común. Yo lo he hecho y sí se puede. Pero a la vista de la noticia de que el Ayuntamiento de Cádiz elige un jefe de prensa sin titulación (PRNoticias, 28 de julio) porque basta ser 'uno de los nuestros', está claro que los requisitos para trabajar en este país han cambiado, pero de momento es lo único que ha cambiado. Una pena.
Lo más alarmante es que las administraciones seguirán a rebosar de hordas de estúpidos impuestos por los altos cargos al obviar el trabajo bien hecho y la experiencia y buscar esa lealtad con avaricia, como si fuera lo único que les asegurara el éxito, lo único que garantizara seguridad en sí mismos y buenos resultados. Es más, se da con una frecuencia vergonzosa la limpieza ideológica en las instituciones, porque ya se sabe que si piensas como el jefe y le votas a su partido se trabaja mucho mejor y el triunfo es seguro. Sí, creo que quien descubrió esta singular ecuación está a punto de recibir un Nobel.
La lealtad entraña sinceridad e inteligencia y, sobre todo, por encima de cualquier otra cosa, la lealtad implica decir la verdad. Creo que lo que se busca no es lealtad sino complicidad y silencio, lo que me lleva a pensar que quizá su exigencia sea necesaria para ocultar futuros trapicheos. Y eso ya lo tenemos. O, también, buscan rodearse de amiguetes para sentirse acompañados como si un despacho público fuera la sede de un club juvenil. En este caso, yo les aconsejaría que donde tengan la olla no metan... que luego ni amistad ni nada.
Pero siendo más rigurosa y, según la Real Academia de la Lengua, lealtad es el 'cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien', sin embargo, en esta lealtad de quita y pon que tanto se ve alrededor de los políticos veo mucha cobardía y sumisión. Me parece que la definición de lealtad en estos casos, con las honrosas excepciones que habrá, tiene que ver con esta segunda acepción: 'Amor o gratitud que muestran al hombre algunos animales, como el perro y el caballo', nada que ver con la tercera definición: 'Legalidad, verdad, realidad'.

domingo, 21 de junio de 2015

Por si me hacen concejala

Llevo unos días repasando mi pasado más o menos reciente. Intento recordar y buscar entre lo que he dicho o hecho. No, no es que quiera escribir mis memorias, pero oye y ¿si a alguien le da por hacerme concejala?
Porque tal y como está la cosa si tienes un pasado bocazas, loco o 'fumao' ya estás condenado de por vida. También, estoy mirando fotos por si en alguna aparezco con una camiseta con letras en inglés que aludan a algún disparate y yo, que me la compré para combinármela con un pantalón y que tengo un inglés poco suelto, me piense que voy saludando cuando lo que voy haciendo es nombrando al padre de alguien. Estoy incluso leyendo los perfiles de mis amigos y seguidores no sea que alguno esté alardeando de opiniones u gustos poco sensibles. Y el mío, mi perfil, se ha quedado como una patena, tanto, que si me hacen concejala, me tendrán que criticar por si llevo el pelo sucio en la foto.
Con las redes sociales soy poco agresiva. Me encantan los silencios y no sentirme obligada a hablar ni a ser graciosa. Así que de momento no me pillan. Pero claro, con este nombre y apellidos tan comunes, lo mismo me adjudican bravuconadas de otro.
En serio, no estoy defendiendo a Guillermo Zapata, ese concejal de Madrid que ha dimitido de mentirijilla después de que rebuscaran en su pasado y encontraran tuits poco afortunados, incluso deleznables. Pero lo cierto es que lo hizo hace cuatros años, así es que lo único que yo podría decir en contra de él es que tiene un pésimo sentido del humor.
Sin embargo, y por poner un sólo ejemplo, ¿qué hacemos con todos aquellos que meses atrás han estado comparando a la gente de Podemos con los nazis? Esos, de lengua rápida y cerebro enano, son fácilmente perdonables ¿verdad?, aunque hagan esas declaraciones en el ejercicio de su actividad pública.
A mí personalmente no me hacen gracia ni unos ni otros. Pero eso sí, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Porque es cierto lo que le oía decir el otro día al actor Eduardo Noriega al respecto; la mayor parte de los que están hablando en las redes sociales no son conscientes de que salir ahí es como dar una rueda de prensa. Y las palabras no se las lleva el viento, incluso pedirle a Google que borre nuestra información a veces no es suficiente. En fin que, cuidadito.
Por otro lado, el escarnio público al que se someten los recién llegados a la política no es más que una pestilente muestra de la agresividad sin escrúpulos de los oponentes, quienes, si se dedicaran a sacar adelante proyectos en vez de a buscar basura, quizá a todos nos iría mejor.
Porque nadie se equivoque, no se ha inaugurado una nueva forma de hacer política sino una forma de exacerbado control a los nuevos políticos, como si su llegada a las instituciones fuera algo ilegal, antinatural o anormal. Y conste que el nivel de exigencia me parece bien. No puede ser un representante ciudadano alguien que le cuenta a la red sin pudor chistes xenófobos. No. Pero tampoco aquellos que mienten y tergiversan la verdad para vendernos una realidad torcida sólo por propio interés. Si al menos fuera para levantarnos la moral…
Y ahora, después de estas palabras, posiblemente no me llamen para ser concejala.