Desde que los nuevos han irrumpido en el ‘sagrado’, formalizado y acomodado mundo político, observo comportamientos, opiniones y decisiones de la sociedad en general que me llevan a confirmar el cinismo, la hipocresía, las medias tintas y las verdades sesgadas que forman parte del pan nuestro de cada día. Y es así porque lo que no se admite a los nuevos, se les aplaude a los viejos.
La última verificación de esto es el plantón, posiblemente muy merecido, que los periodistas dieron a Pablo Iglesias por decir algo tan simple como que la prensa que sigue a Podemos está obligada profesionalmente a hablar mal del partido morado. Creo sinceramente que ni es una gran frase ni dice nada tan polémico como para estar rasgándonos las vestiduras. En todo caso, me resulta exagerado.
Efectivamente, de toda la vida, vende más y es más profesional en cualquier medio de comunicación tratar el defecto de un político que la virtud, pero tiene que existir sí o sí el defecto. Y es que para dar jaboncillo ya está la seleccionada cohorte de asesores.
Por eso no entiendo los aspavientos ni el ruido que se han montado en torno a esa declaración de Iglesias, que me da la impresión que han venido a darle la razón. Al día siguiente, uno de sus antiguos profesores le llama directamente ‘tonto’ en un periódico nacional y no se produce ninguna hecatombe. Cosas de la libertad de expresión, que justifican a unos y condenan a otros.
Insisto, posiblemente el plante sea merecido e incluso no sea solo por estas declaraciones o por citar con nombre y apellidos a un periodista sino por ser la gota que colma el vaso, que también puede ser. Tanto salir en los medios puede tener efecto boomerang. Así es que en ese sentido que se calmen quienes critican a los medios de comunicación por dar tanta cancha al líder de Podemos. Comprobado queda que no es garantía de inmunidad, aquella que sí tienen otros políticos, los investigados por la justicia, apoltronados a la sombra de las instituciones democráticas.
Ahora, también es cierto que, llegados a este momento, debo recordar los plantes que no vi en su día y que me hubiesen encantado. En los últimos días se han citado en las redes sociales algunos que ya forman parte de nuestra memoria, pero yo voy a empezar por uno de los recientes, cuando el entrenador del Barça, Luis Enrique, contestó con ese tono chulesco y agresivo, tan característico suyo, a un periodista apellidado Malo queriendo hacer entender que su pregunta era igual que su apellido. No vi entonces ningún desplante en solidaridad con ese compañero y, la verdad, hubiese sido necesario. Este mismo entrenador, posiblemente la referencia y héroe de miles de niños que le admiran, se regodea en esa actitud, que reitera cada vez que tiene enfrente un micrófono o una cámara. Sin embargo, ¿qué hacen los compañeros cuando un periodista es burlado?, pues algunos medios hacen programas enteros, concediéndole una notoriedad que es una auténtica vergüenza.
Por supuesto, tampoco se ha visto ningún gesto de, por lo menos, contrariedad cuando se invita al medio de comunicación a una rueda de prensa y el convocante no admite preguntas, aparece en una pantalla de plasma o elige muy interesadamente quién debe, e incluso qué puede, interpelar. Tampoco hay plantes cuando un organismo público, obligado a ser transparente, se escuda detrás de comunicados destacando el perfil bueno.
Si vamos a empezar a plantarnos, que sea contra todo lo que reduce el derecho a la información. De momento, mi solidaridad y aplauso a los periodistas que no nos hacen olvidar a los refugiados ni a la víctimas y también a aquellos que nos han mostrado los ‘papeles de Panamá’. Cuando queráis, por vosotros me planto.
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