Se acaba 2025. No hay nada que lo
remedie. Para mí ha sido un buen año pero si no lo hubiera sido, entrar en el
nuevo y buscar en la suma de uno más un cambio es misión del género bobalicón.
Estrenar almanaque, igual que cambiar de curso o de estación, no garantiza nada
bueno. Puede pasar de todo.
Sin embargo, yo, que soy muy de
reflexionar en este blog (lo cual no implica que no esté equivocada), he
decidido no pensar en 2026, que venga, que se acomode y que me dé lo que haya
venido a traerme. Por supuesto, mis deseos son en origen todos optimistas,
progresistas, buenistas… pero cada día tengo menos esperanzas en un mundo
mejor, en una sociedad solidaria, en un líder generoso o en un prójimo
desinteresado.
Por eso y por todo el ruido existente
encima, debajo, a un lado y a otro sin dejar espacio para respirar, he
abandonado este blog y me he silenciado casi todo el año. Y conste que he
escrito. Por ejemplo, sobre este mismo asunto, decía hace bastantes meses:
Me fascina la osadía, desvergüenza,
desinhibición, de aquellos que liberan sus opiniones sin que nadie se las pida
y sin que el contexto sea oportuno para hacerlo, convencidos de que la
audiencia está deseosa de escucharles y de sumarse a las bises como si fueran
el grupo musical de moda en un festival.
Estos charlatanes, mercaderes de ideas,
la inmensa mayoría frívolas, simplonas, de copiar y pegar por aparentar un
talento que no se tiene, ha infectado el planeta, así que le das una patada a
una piedra y te salen opinadores de todo y, peor aún, con una agresividad, que
más que pensamientos son vómitos deseosos de exhibir en cualquier escenario,
creyendo, como quien cree en el poder de los gnomos, que opino igual, voto a
los mismos y rezo al mismo dios.
El otro día escuché en una sala un
insulto, que no voy a repetir, a Pedro Sánchez, no secundé el improperio, pero
bajé la cabeza por temor a que esa persona tuviera la mínima sospecha de que
soy de su pandilla y no tanto por el contenido sino por el tono. Los machotes
que desparramaban en las barras de los bares, palillo en boca, ahora también te
los encuentras haciéndote las uñas, en la tele a cualquier hora, asomándote a X
o a Bluesky, o en la consulta del dentista. Estos imberbes mentales son una
plaga que te asalta vayas donde vayas, como auténticos novicios haciendo el
apostolado.
Y, después de escribir esto, me pregunté
¿para qué?, ¿soy yo mejor?, así que me censuré.
Reconozco que con el genocidio acometido
por Israel contra Palestina me he estado mordiendo la lengua meses. Hasta
hacerme sangre, y entre todo lo que yo reflexioné, salvo esto:
Con la masacre perpetrada sin
nocturnidad y mucha alevosía, demasiada, contra Palestina por parte de Israel,
he recordado una palabra que escuché alguna vez y que nunca me hizo falta
pronunciar. Hasta ahora. Se trata de judiada. Pensaba que se trataba de un
término antiguo que no estaba recogido ni reconocido por la RAE, pero sí, ahí
está entero: “Mala pasada o acción que perjudica a alguien”.
Evidentemente, su significado se queda
corto para definir lo que está ocurriendo, tan grave y espeluznante, que es difícil
encontrar parangón, ni siquiera en el genocidio nazi.
Sin embargo, no dejo de pensar en
judiada y en su etimología. Al proceder de judío, en principio me resultaba una
palabra con tintes xenófobos pero su sola existencia puede parecer que el
ejercicio del mal es, con sus honrosas excepciones, propia del colectivo
israelita.
Ahondando en las acepciones relacionadas
con el pueblo hebreo, recuerdo haber escuchado judío para referirse a un
traidor, es cierto que siempre en algún contexto de la tradición católico-beata.
Igualmente, en la misma RAE, el último
significado de tal palabra dice así:
"Dicho de una persona: Avariciosa o usurera. Usado como ofensivo o
discriminatorio. Usado también como sustantivo".
Después de este crimen de lesa humanidad que Israel está acometiendo contra Palestina, sólo puedo decir que de casta le viene al galgo.
Por supuesto, la corrupción política, el ascenso de la ultraderecha y
la elección que hacemos de nuestros líderes políticos también ha estado provocándome
este año. Titulé Barrabás uno de los borradores, pero más que para un artículo da para una obra en
varios tomos:
Últimamente, me ronda bastante aquel
episodio, muy de Semana Santa, cuando salía ante las masas fervorosas y
enloquecidas Poncio Pilato dando a elegir entre un ladrón, Barrabás, y el
mesías, Jesucristo. Y aquella turba prefería la liberación del delincuente, el
mismo que les había robado.
Desde niña, aquello siempre me pareció
una injusticia con mayúsculas y me cabreaba la estupidez de aquella turba
chillona y borracha de ignorancia. No obstante, como el ser humano se repite y
se copia a sí mismo, el personaje de Barrabás sigue vigente, porque elegir al
que te la ha jugado no es de ser muy listo, pero deben ser reminiscencias
nuestras de cuando nos movíamos a cuatro patas y saltábamos entre las ramas,
llevábamos el culo aire y nos gustaba oler nuestra propia mierda.
Nos gustan que nos fustiguen. No puede
tener más explicación a eso de elegir a quien sabes que no te lo va a
agradecer, no te va a ayudar o, peor aún, no te va a respetar. Y es que la
libertad no es escoger al que nos hace gracia o al de nuestro club del cinquillo
únicamente por el hecho de serlo. Una cosa es la lealtad y otra la estupidez. Se
está perdiendo la costumbre de elegir al más listo de la tribu, porque Barrabás
podría estar bien en un programa de islas o para animar una tertulia a la hora
de la merienda, en fin, para echarse unas risas o tener algo de fondo mientras
revisas Instagram, pero para dirigir tu vida como que no.
Hay que echarle una pensada sin fervor ni furor, y si puede ser en soledad, antes de elegir, que luego te tienes que quedar con uno que no es de tu talla y no porque no sea el mejor de la tribu sino porque claramente es el peor.
Bueno y por no alargar más, he rescatado
otro artículo sobre un asunto que fue noticia y creó polémica que también comparto. Se titulaba Bretón:
Noto que se nos fuerza a llevar nuestra
atención hacia personas de ideología radical o hacia personajes de dudosa
moralidad. En un momento de parálisis mental, dirigimos nuestra admiración a
ignorantes, fascistas, graciosillos de medio pelo que aportan (a quien le
aporte, a mí personalmente me causan vergüenza ajena) una risa fugaz que es la
que les da asidero para quedarse entre nosotros, entre nuestros referentes. Y
esta gente, que no hará historia, hará memoria.
Además, aparte de esos ignorantes,
fascistas y graciosillos que reclaman nuestra atención como los bebés cuando
eructan, tenemos también y para colmo a asesinos que escriben libros para
contarnos los pormenores de su atroz conducta. Léase el caso de Breton. Hay
polémica servida con si se debe o no publicar el libro, yo esa polémica la
tengo solventada: hagan lo que quieran, yo no voy a invertir dinero en el
libro, no lo voy a leer, aunque me lo pueda descargar gratis, aunque me lo
dejen en la alfombrilla de la puerta de mi casa. Y para redondear mi decisión,
tampoco voy a dedicar un minuto de mi vida a este asunto, una vez me termine de
desahogar aquí.
En fin, 2026, como mínimo, me
sorprenderá con algún Barrabás, con otras judiadas, con ruido atmosférico y con
miles de cosas en las que no quiero pensar, y todo ello sin pedirle nada. De
hecho, no quiero pedirle nada para que no me castigue por avariciosa.
Así que lo dejo al azar, aunque yo
trabaje todos los días por que todo salga bien. Y virgencica (está feo que
implore a la virgen cuando reniego de mi educación católica, pero es que no
conozco a otra) que me quede como estoy.
Efectivamente, que nos quedemos como estamos, porque según van los acontecimientos solo podemos ir a peor. Felices fiestas y que dios reparta suerte el año que viene
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